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¿Qué es Dolce Inferno?

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Dolce Inferno es una novela de fantasía paranormal que estoy escribiendo y voy publicando los borradores en este blog para que los leáis. Va a ser una saga y lo que podéis encontrar de momento es la primera parte: Polvo de Estrellas.
La autora soy yo, Luxuria o Lux o Viento según qué lugar de internet. Si lo veis que la publica en algún sitio alguien diferente, avisadme porque seguramente me estarían plagiando.
Sinopsis: Tras la última batalla contra los demonios, los ángeles quedaron muy debilitados por lo que tienen que sufrir un duro entrenamiento para poder pertenecer al Coro Celestial. En esta era el nuevo encargado de adiestrar a los jóvenes principiantes es Gabriel, un ángel al que todos quieren nombrarle arcángel pero él lo rechaza siempre.
Los ángeles, bellas y poderosas criaturas pero que están condenados a no poder amar a nadie mientras que los demonios se esfuerzan por tentarles.
Esta historia se desarrolla en un mundo basado en la Tierra pero una Tierra diferente a la que conocemos, en la que parte está dominada por los demonios y sus defensores y en otras, el poder de la Inquisición,una organización muy avanzada tecnológicamente, se ha logrado imponer. Un mundo donde todos intentan hacerse con el 5º elemento o akasha, el material más valioso y escaso que existe.
Todo se complica a partir de que Amarael, una joven candidata a ángel, conoce a un demonio con el que se ve a escondidas.

Advertencia de contenido

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Esta historia contiene escenas no aptas para todos los públicos: Violencia, lenguaje malsonante, sexo, drogas, incesto, violaciones, orgías. ¡Sea responsable! Algunos temas metafísicos pueden chocar con sus creencias e ideologías. Es una historia de fantasía, si no tiene la mente lo suficientemente abierta no la lea y no moleste a los que les gusta. El mundo en que se desarrolla está basado en la Tierra para que sea menos lioso, pero no es la Tierra, verlo como un universo alternativo.

¿Qué estilo prefieres?

Libros autopublicados

Ya regresé: PdE 23+24

¡Saludos queridos lectores! regresé ayer de vacaciones, que las alargué un poco más de lo previsto porque justo salió el buen tiempo y quise aprovecharlo jeje.

Muchas gracias a todos los que comentasteis. Aproveché estos días para descansar que ahora toca ponerse las pilas y también le dediqué bastante tiempo a Dolce Inferno(al final que hiciese mal tiempo sirvió de algo xD). He decidido que voy a terminar la primera parte, Polvo de Estrellas, que ya le queda poco y después ya me centraré en reescribirlo(ya me he puesto con el prólogo y tal pero sigo buscando el estilo que más me guste) aunque la verdad que no sé si publicaré la versión definitiva por el tema de que parece ser que las editoriales no publican historias que previamente han estado en internet(si sabéis sobre el tema iluminadme, que he oído de todo y ya no sé qué creer). De todas formas eso ya os lo comentaré cuando llegue el momento, ahora lo importante: os traigo un capítulo nuevo y como he tardado bastante pues os lo traigo doble, para que disfrutéis más ;)

A estas alturas ya deberíais haberos dado cuenta, voy aponer el aviso en un lugar visible, pero por si acaso, y en este capítulo en especial: CONTIENE ESCENAS NO APTAS PARA TODOS LOS PÚBLICOS, cada uno que lea lo que quiera, avisad@s estáis.

**No ha habido manera de que pudiese justificar el texto, por más que lo he intentado,si no el "leer más" no iba. Disculpad las molestias. Pronto subiré la versión pdf**

**Se me había olvidado una frase muy importante que le dice Caín a Agneta qie si no parece otra cosa...Siento las molestias, ya la puse antes de cambiar a Ireth.**

Tras ser abofeteada por Caín, Ireth le clava un puñal especial al diablo. Ella huye y él acude a su encuentro con Amara, a la que enseña una senda especial de taumaturgia. Caín se desmaya a causa de la herida y revela su verdadero aspecto. Amara intenta desesperadamente ayudarle y para ello roba el caduceo del arcángel Raphael. Gabriel les espía desde la oscuridad.
¿Qué hará Gabriel? ¿Se salvará Caín? ¿Qué ha sido de Ireth? ¿Y cómo va el entrenamiento de los jóvenes ángeles?

Para saberlo pinchad en "leer más" ;)



Amara no entendía nada de lo que estaba pasando. De repente todo se estaba desmoronando. Quería ayudarle, demostrarle que podía ser útil, pero no se le ocurría qué podía hacer, a él el akasha y el poder sagrado le dañaban. No quería perder a ese maldito diablo tan pronto. Un soplo de aire frío la hizo estremecerse y se sorprendió cuando vio que detrás de ella estaba su profesor.

—¡Gabriel! —el ángel ya la había ayudado en otra ocasión, quizás ahora podía volver a confiar en él.

—Déjamelo a mí, Amara —Gabriel se inclinó sobre el malherido diablo mientras le examinaba. Caín reconoció su borrosa figura de inmediato. Intentó incorporarse, pero Gabriel no se lo permitió—. No esperaba saldar cuentas tan pronto.

—¿Piensas devolvérmelo? —El ángel emitió una mueca burlona antes de responderle.

—Yo tengo otra forma de arreglar las cosas —y dicho esto, le arrebató el caduceo a Amara y comenzó a darle su propia energía oscura. Las heridas comenzaron a cerrársele rápidamente. Pudo apreciar también cómo desparecían las cicatrices de las heridas que le había hecho él mismo la noche anterior. Lo más sorprendente fue cuando su piel quemada comenzó a desprendérsele dando lugar a una nueva y perfecta tez. Gabriel se detuvo un momento y la nueva piel comenzó a arder consumiéndose de nuevo entre pequeñas chispas rojas—. Así que se trataba de eso —nunca había visto una maldición como ésa. Ahora lo comprendía. Aquel demonio tenía que haber intentado de todo sin conseguir resultado alguno y por eso no había tenido más remedio que recurrir a las ilusiones.

—¿Ya os conocíais? —Amara estaba bastante sorprendida, sobretodo porque no entendía cómo Gabriel podía curarle si ella antes había sido incapaz.

—Ya hemos tenido algún encuentro —fue lo único que le explicó el ángel—. Pero…hay algo que no entiendo, ¿por qué no te curó ella? Al no ser que… —su rostro se tensó. Si Selene no le había curado lo más posible sería que habría sido ella la que le había herido —. Maldito, ¿qué la hiciste? —sus manos ya no estaban enrolladas en torno al bastón curativo sino que se cernían sobre el marchito cuello del diablo.

—¡No, por favor! —gritó Amarael.

—Esto no es asunto tuyo —le espetó Gabriel. La joven se quedó con la boca abierta sin saber cómo reaccionar. —¡Respóndeme! —se volvió a dirigir al condenado—. ¿Qué la hiciste?

—Yo…yo sólo quería ponerla a salvo… —su voz seguía sonando débil en sus mentes. Llevaba un día desangrándose y aunque los diablos eran más resistentes que los humanos, no llegaban al nivel de los demonios y por mucha maldición de inmortalidad que tuviese no le servía de nada contra armas especiales, como era el caso.

Gabriel exhaló un suspiro y dejó de amenazarle para seguir curándolo.

—Sólo espero que Selene esté bien.

—Tienes muchísimo mejor aspecto. ¿Cuántos devoraste? —Caín se encargó de que esas palabras sólo llegasen a la mente de aquel ángel. Éste agachó la cabeza. Parecía sentirse culpable.

—Los necesarios.

—¿Era la primera vez?

—Cuando era más pequeño mis padres me dieron muchos ángeles…pero apenas lo recuerdo, y hasta estos últimos días no había vuelto a tener necesidad… —Caín pudo ver su sufrimiento y lucha interna. Lo primero que deberían enseñar es a desprenderse de la moralidad. Matar a otros para poder sobrevivir, siempre había sido así en el mundo que había sido creado, no tendría que sentirse mal por poseer el espíritu de supervivencia —. Quizás es porque el sello se está debilitando.

Caín dirigió la mirada al tatuaje que lucía en su costado. Antes le había pasado desapercibido, pero ahora que se fijaba bien podía percibir camuflado el símbolo de Belial y también el de la luna.

—¿Para qué sirve?

—Encierra mi parte oscura. Se suele debilitar cuando gasto más poder del que debería y anoche sobrepasé los límites —añadió avergonzado. Por este tipo de cosas Caín se alegraba de ser un diablo.

Amara llevaba un rato observándolos a pesar de que no lograba acceder a sus pensamientos. No era tonta y sabía que estaban hablando de algo y no querían que ella se enterase, pero eso le parecía injusto. Se le ocurrió que quizás era un buen momento para intentar poner en práctica de nuevo la lectura de mentes. Se concentró para situarse en el quinto plano, el mental, para después poder acceder a los pensamientos de ellos. Encontró un acceso que destilaba una gran oscuridad, pero aún así no se echó hacia atrás. Cuando pensaba que ya estaba dentro, la glacial mirada de Caín perforó su mente intimidándola y haciéndola caer sobre la hierba. De la impresión no había podido reprimir un grito que hizo que por fin volviesen a prestarle atención a ella. O por lo menos Gabriel, que emitió un suspiro cuando la vio incorporándose. Caín ni la miraba. El ángel se acercó hacia ella

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Sí…sé que no era asunto mío, pero no lo pude evitar…

Una ondulación en el plano espacial les llamó la atención y cuando se volvieron el diablo ya no se encontraba allí. Se había marchado y Amara no sabía si iban a seguir las clases o qué iba a pasar. Suponía que sí porque habían hecho un trato, pero temía que él se hubiera enojado con ella. Lo más seguro es que pensase que era una inútil entrometida.

—Es mejor dejarle marchar, para siempre, Amara. Es extraño y no sé qué es lo que pretende. —La muchacha le iba a responder que Caín le había aconsejado lo mismo respecto de él, pero se le adelantó él mismo—. Al igual que no deberías estar a solas conmigo. Será mejor que me vay… —Interrumpió sus palabras cuando sintió una poderosa presencia delante suyo. Raphael les había encontrado mientras miraba acusadoramente el bastón que Gabriel llevaba consigo.

—Será mejor que me devuelvas inmediatamente lo que me pertenece y esta vez no creo que ni la mejor excusa te pueda salvar. —su tono de voz era tan severo como la expresión de su rostro.

—Hay una explicación, no es lo que parece… —intentó explicar la chica mientras pensaba en cómo salir de ésa.

—Jovencita, contigo también tengo que hablar seriamente.

—Déjala, Raphael. La culpa es mía. No teníamos intención de hacer nada malo, solo era una pequeña prueba como entrenamiento, no sabíamos que te lo ibas a tomar tan mal. —le dijo mientras le tendía el caduceo.

—Robar a un arcángel es un acto muy grave y mi bastón no es un juguete precisamente. —no dejó que Gabriel terminara de dárselo, antes de eso ya se lo había arrebatado con fuerza. En cuanto puso de nuevo sus largos dedos sobre su querido bastón, sintió los restos de energía oscura que había sido canalizada a través de él. El tiempo pareció congelarse y lo que no eran más que segundos a Gabriel le parecieron siglos. No había caído en ese detalle. Ahora sí que estaba perdido. Al arcángel los ojos parecían desorbitársele. Estaba poniendo todo su esfuerzo en no perder la compostura —. Ahora sí que estás perdido —. Sí, ya se había dado cuenta de eso—. Te juro que me encargaré de ser yo mismo el que te arranque las alas en tu ejecución —le amenazó agarrándole del cuello de la camisa. Se quedaron en esa posición, muy próximos el uno del otro, sosteniendo la mirada asesina que le lanzaba el arcángel.

"Escúpelo", le decía una oscura voz en su interior. Pero no lo hizo y finalmente Raphael le soltó, dándole la espalda y marchándose, probablemente en busca de Serafiel.

—Gabriel, ¿qué va a pasar ahora? —Lo había vuelto a hacer. Ahora había implicado a Gabriel. Quizás todavía podía intentar hablar con Raphael…aunque lo que habían mencionado de la energía oscura la inquietaba. No terminaba de encajar qué diantres estaba sucediendo.

"Mátalo. Te estorba", volvió a sugerirle esa voz interior. Era una posibilidad y lo sabía perfectamente, pero eso no es lo que haría el gran Mikael. Él se enfrentaría a Lucifer y le derrotaría con gran valentía. Estaba claro que él no le llegaba ni a la suela de los zapatos a alguien tan increíble. No le quedaba más remedio que dejar que otros acabaran con él. En realidad tenía que haber sido así desde el primer momento.

—Déjalo, Amara —le pidió, derrotado—. En realidad es lo mejor.

Lo último que la joven vio de él fue la silueta de su espalda iluminada por los rayos lunares desapareciendo entre la maleza.

***

“Clic-clac”, “clic-clac”_jugueteaba Caín con el mechero entre sus mortíferos dedos. De vez en cuando dejaba la llama prendida y perdía la mirada en su exótica danza, como si observase el fogoso contoneo de una bailarina vestida de seda roja. Los demás diablos esperaban ansiosos sus palabras, postrados a los pies de su condenado trono. Aquella mirada perdida les aterrorizaba. Por la mente de su oscuro señor estarían pasando pensamientos terribles. Agneta le observaba desde las penumbras. A veces parecía que la llama derretía sus iris, transformándolos en mercurio. Otras, sin embargo era el fuego el que parecía congelado en su gélida mirada. ¿Sería cierto lo que le había dicho esa vieja alcahueta? ¿Sería él su hermano? Parecían tan diferentes… Mikael poseía una larga y dorada cabellera. Muchas veces había llegado a la conclusión de que de que si el sol brillaba tanto, era porque sus rayos se reflejaban en aquellos hilos áureos. Y sus ojos… ¡Oh, qué ojos! Hacía mucho que no podía sumergirse en ellos, pero los añoraba. Añoraba su cálido brillo y ese valor que se avivaba en ella cuando percibía su fuerza. Por el contrario, aquella mirada metalizada inspiraba frío, frío y miedo. Miedo porque sabías que él te estaba perforando cada resquicio de tu ser y sin embargo, la mente de él resultaba inescrutable. Y su oscura melena no arrancaba luz, sino deseos oscuros. Pero los radiantes y cálidos ojos siempre la habían rechazado y los de plata líquida la habían acogido desde el primer momento. Eso no quitaba el hecho de que él había matado a Mikael, a su Mikael, cosa imperdonable. Y él debía de ser consciente de ello y por eso la habría llamado.

Finalmente, Caín salió de su ensimismamiento. Todos querían respuestas sobre lo que había ocurrido en la ciudad. La mayoría habían sido espectadores de cómo algunos edificios iban cayendo arrasados, pero no entendían lo que había pasado. Preferían poner sus condenadas vidas a salvo. La curiosidad mató al gato, solían decir.

—La insolencia de estos arrogantes ángeles ha llegado demasiado lejos. Parece ser que no tienen suficiente con habernos relegado a este trozo de tierra. No soportan ver cómo con nuestro esfuerzo y sin ayuda de nadie hemos podido seguir adelante. ¡Pero no se lo permitiremos! ¡Todo aquel que ose acercarse no verá la luz nunca más! —exclamó su rey.

Sus súbditos le corearon. Hubo uno de ellos que esperó a que guardasen silencio para dirigirse directamente a Caín.

—Por la información que he podido reunir, esos imbéciles del Cielo están buscando algo que es nuestro. Pero no tenemos nada que temer, porque Caín El Fraticida, nuestro oscuro amo y señor, nos protege.

Caín se levantó del trono y examinó fríamente al que había hablado. Sus ojos relucieron fríamente y se pudo escuchar el sonido de algo resquebrajándose. El diablo comenzó a aullar de dolor. Su cuerpo parecía estar siendo sometido a un intenso campo magnético que estaba separando las membranas de su cuerpo. Las hemorragias internas eran tan grandes que la sangre borbotaba a través de unos orificios que tenía como nariz, orejas, boca, ojos. Pronto el dolor no fue sólo interno, sino que la piel también comenzó a abrírsele y las uñas se partieron por la mitad. Una fuerza invisible estaba tirando de su cuerpo violentamente, desgarrándolo y desmembrándolo. La tortura no cesó hasta que sólo quedó de aquella criatura un amasijo de huesos, piel desmembranada y sangre.

—El próximo que vuelva a llamarme “fraticida”—proclamó en voz alta el Satán— sufrirá un castigo seis veces más doloroso, largo y cruel.

Se hizo el silencio por unos instantes hasta que otro diablo se atrevió a hablar.

—Idolatrado sea nuestro oscuro Satán Caín, padre de vampiros y de todos nosotros, cuyo cuerpo mantiene Infernalia a la vez que resucitó para estar entre nosotros.

—REGIE SATANAS!
AVE SATANAS!
HAIL SATAN!

Aquello estaba mucho mejor.

—¿Qué ha sido de los prisioneros que estaban en contra de mi nuevo rango? —les preguntó cuando los vítores hubieron cesado.

—Siguen encarcelados, mi señor —le informó una diablesa de enmarañado cabello.

—Pues enviadles directamente al Infierno. No se merecen ni que yo me ocupe personalmente de ellos.

—REGIE SATANAS!
AVE SATANAS!
HAIL SATAN!

La diablesa asintió y tras una reverencia abandonó la sala para cumplir su cometido.

Caín les siguió dando órdenes para que arreglasen los desperfectos de la lucha contra Lucifer.

—¿Qué hacemos con ella? —preguntó otro de ellos.

—Traédmela intacta— ordenó tras meditar la repuesta.

Finalmente todos tenían algo que hacer y el enorme y pesado portón se cerró estrepitosamente tras la marcha del último diablo.

—Puedes salir de allí.

Agneta obedeció y avanzó hacia el trono.

—Es un honor ser convocada por nuestro oscuro señor Satanás. Mi alma le seguirá más allá del Infierno —recitó mientras realizaba una reverencia. Al inclinarse sus dos abultados pechos se asomaron por encima del cuero.

—Levántate, Agneta y siéntate con tu señor.

Cuanto más cerca de él se encontraba, más se revolvía algo en su interior. Pero el magnetismo de aquellos iris y de su sugerente voz era mucho mayor. Se sentó sobre él, arrimando su pecho contra el suyo. Un embriagador perfume la envolvió, la fragancia del odio y la venganza. La ropa molestaba, quería sentir el roce de su perfecto torso contra sus pechos.

—¿Qué desea de mí, mi dios oscuro? —le ronroneó mientras le retiraba un rebelde cabello de su impasible rostro.

—Esos insolentes ángeles, siempre haciéndole la vida imposible a los demás. No soportan que seamos más felices que ellos.

—Pero su señoría pudo con ellos, como cabría esperar del más poderoso de todos, de aquel que acabó con Mikael.

Caín ya se esperaba aquellas palabras de doble filo y también esperaba que ella se cortase con su propia arma.

—Era necesaria su eliminación.

—¿Por qué? Sabías perfectamente que él era mío. —puso especial énfasis en recalcar el posesivo.

—¿Qué por qué? —la recorrió con la mirada, inquietándola, antes de responder—. Te había despreciado, preciosa. Merecía eso y mucho más.

—Me había despreciado… —repitió lentamente sus palabras para sí misma, asimilándolas

—A ti y a todos nosotros, y eso es imperdonable. Sólo alguien embriagado por las ideas de Metatrón podría rechazar a una flor tan hermosa —le susurró mientras la acariciaba.

—¿Soy hermosa, mi señor? —le preguntó tímidamente.

Su señor contempló la cetrina piel que asomaba sobre la ropa. Las heridas causadas por La Infección habían sanado, dejando como doloroso recuerdo numerosas cicatrices. Su piel había sido restablecida, pero ya no se regeneraba como antes. Si la tocaba, tenía la sensación de que se desharía en polvo entre sus crueles garras, porque parecía estar hecha de papel viejo y estropeado, como si en otra época hubiera sido de porcelana y al desquebrajarse, alguien hubiese intentado unir los fragmentos con pegamento y ahora ese barro se había secado convirtiéndose en papel. En cierto sentido le recordaba a él desenterrando aquellos recuerdos dolorosos.

—Mucho. Poder contemplarte es como un milagro.

Si antes le guardaba rencor por haberle arrebatado el objeto de su obsesión ahora esos pensamientos quedaban muy lejanos. Lo único que importaba ahora era que él la recibiese y la diera lo que no habían querido darla los demás.

—Perdóneme, grandioso Satán, por haber dudado de sus benignos actos.

—Pronunció tu nombre. Eso fue lo último que dijo antes de morir.

Sus palabras eran tan dulces… Ahora no era una pequeña lengua de fuego lo que se reflejaba en su mirada, sino que todas las bailarinas de las velas que iluminaban tenuemente la sala danzaban atrapadas en esas jaulas de plata. Consiguió resistirse un poco más para poder hacer una última pregunta, recordando las palabras de la vieja adivina.

—¿Son ciertos los rumores de que Mikael era tu hermano?

Siempre Mikael, estaba cansado de ese nombre, siempre acechándolo desde la luz que proyectaba la sombra más oscura de su mutilado corazón.

—Es increíble lo lejos que llegan los rumores pues muy pocos son los que saben que por ambos corría la misma sangre.

Así que era cierto, nunca se lo hubiese imaginado. Incluso se había temido que se burlase de ella por atreverse a preguntar tremenda desfachatez. Pero él no se reía de ella, él la deseaba. —Sí, la misma sangre, pero la suya estaba bendecida y la mía, maldita. Tú y yo somos iguales, preciosa. Ambos despreciados, odiados y rechazados por todos ellos. Ya se lamentarán y arrastrarán cuando les hayamos devuelto lo que hemos sufrido multiplicado por setenta veces siete.

No había duda, él la había aceptado. En el Cielo no había lugar para ella, pero afortunadamente había un señor oscuro que la respetaba.

Sin darse cuenta la estaba llevando hacia su habitación. Al cerrar la puerta se quedaron completamente a oscuras. No quiso demorarlo más tiempo. Si ese imbécil de Mikael hubiese querido ella se le habría entregado de la misma forma. Él se lo perdía, en su lugar disfrutaría su hermano.

Poco a poco sentía cómo su interior iba volviéndose plata, plata incandescente que el sudor de sus cuerpos iba fundiéndola, para después ser arrancada por aquel magnetismo mágico. Las argentinas partículas se fundieron en sus iris, quedando congeladas en ellos.

—Preciosa, hay algo que me gustaría pedirte…

***

Dos apesadumbrados ojos azules la observaban en busca de respuestas desde su afilado puñal. Ireth dejó de contemplar su reflejo. Todavía no se había atrevido a limpiarlo y la sangre de Caín se había secado. Llevaba deambulando por las estrechas callejuelas desde entonces, sin saber qué rumbo tomar, con el arma entre sus manos. Por un lado no quería volver a verle pero, ¿sería capaz? El diablo lo había sido todo en su vida. Él se había apoyado en ella cómo único punto de apoyo, y a su vez, ella se había apoyado en él. Era la única a la que le había revelado su dolor y la única que podía comprenderle. Nunca le había importado su verdadero aspecto, le seguía amando igual y sin embargo, lo último que le había llamado era “monstruo”. No se lo había dicho con esa intención, no se refería a su aspecto, pero conociéndole lo habría entendido así. ¿Y si no conseguía curarse? Intentó apartar aquellos pensamientos. Si regresaba, volvería a su cautiverio y tendría que volver a soportar las largas y solitarias esperas hasta que él se cansase de la compañía de otras y decidiese acudir de nuevo a ella.

Escuchó un aleteo sobre su cabeza y unas plumas negras lloviznaron. Alzó la mirada, pero el ave había desaparecido. En frente suyo había ahora una mujer muy menuda. Las raíces de su cabello eran de un rubio platino, pero éste crecía en forma de plumas negras. Los rasgos de su cara eran muy afilados y su pequeño y fino labio superior se curvaba en forma de pico.

—¿Claudia? Así que tú también eres una mujer…

Que el cuervo que siempre acompañaba a Caín sirviéndole fuese una mujer era algo que viniendo de él ya no le sorprendía demasiado.

—Si estás pensando en volver con él, olvídalo. Está ocupado con Agneta y ha ordenado que nadie moleste. —sorprendentemente su voz sonaba más dulce que un graznido.

—No me lo puedo creer… Entonces, ¿ya está bien?

—Ese ángel le curó.

—Entonces ya no me necesita para nada —se sentía decepcionada, engañada y aliviada a la vez.

—El amo es caprichoso, no va a dejar que una mujer se le escape tan fácilmente.

Dicho esto, unos diablos aparecieron por ambos extremos de la calle, rodeándola.

—¡Ahí está! —bramó uno de ellos en enoquiano.

Ireth no entendía muy bien qué estaba pasando, pero no iba a permitir que la atraparan. La ventaja de ser mitad ángel es que podía utilizar esa parte de poder sagrado contra los demonios.

Se abalanzaron contra ella desde ambas direcciones. Justo antes de que la golpearan emitió una luz muy brillante que les cegó por unos instantes. Aprovechó ese tiempo ganado para darse impulso sobre ambos y saltar hasta situarse sobre un tejadillo que sobresalía. El callejón resultaba demasiado estrecho y no había espacio suficiente para poder desplegar sus alas. Juntó sus manos y sopló suavemente, dirigiendo una brisa azulada que rodeó a sus enemigos, dejándoles paralizados. Sonrió satisfecha cuando comprobó que había resultado. No sintió al ser que se acercaba tras ella hasta que rodeó su cuello con una fría cadena. Intentó deshacerse de ella pero, cuanto más forcejeaba, más se clavaba cortándola la respiración. Probó a hacer magia, pero los eslabones parecían estar hechos de una sustancia que anulaba sus poderes.

—Ya lo creo que vas a venir con nosotros tal y como el Amo Oscuro ha ordenado. —Sus roncas palabras la abofeteaban mientras que sus amarillentos ojos se burlaban de su inútil resistencia. Notó como unas afiladas garras le pusieron más cadenas en torno a sus muñecas y tobillos y también algo la hicieron en la espalda para que no pudiese echarse a volar—. Tienes suerte de que ordenara que llegases a él intacta —su aliento apestaba. La cargó sobre sus hombros como si de un saco se tratase. La semidemonio cada vez entendía menos. ¿Sería cierto que Caín les había ordenado aquello? Él no solía actuar de esa forma y no la gustaba en absoluto.

—No creo que el Señor Oscuro tenga mucho interés en verme y menos cuando está ocupado con otra.

—Cállate putita, que no llegas ni a puta —rió en una estruendosa carcajada.

El diablo sintió deseos de callarla con un pollazo en la boca, pero todavía apreciaba su condenada vida por lo que se tuvo que conformar con golpearla en la espina dorsal para no causarla ningún moratón en alguna parte visible. El viaje de regreso al castillo se le hizo eterno a la prisionera. Ahora entendía por qué decían que los cuervos eran portadores de malos augurios.

***

Gabriel no lo tenía mucho mejor que su hermana, la mirada de los tres arcángeles y del gran Serafiel se clavaban sobre él.

—¿Cómo has podido utilizar un objeto tan sagrado para la realización de magia oscura? —le preguntó seriamente el primer ministro.

Sabía que aunque diese una respuesta convincente poco podría solucionar pues el serafín ya estaba pensando en su sentencia y Raphael estaba ansioso por oírla. Hacer magia negra era una clara señal de traición El Gran Médico no admitiría una penitencia más leve que la extirpación de alas. En su relato de los hechos no había mencionado a Amarael, a ella sí que no quería meterla en problemas, ya se encargaría de hacerla entrar en razón. Gabriel intentaba defenderse como podía. Sabía que lo mejor para todo el mundo sería que se entregase de una vez por todas, mas algo en su interior le impulsaba a alargar aquel bonito sueño un poco más. Al no haber mencionado a la chica tenía que omitirla de su versión y Raphael sabía que estaba mintiendo.

—Es cierto que hice magia negra, estaba preparando la siguiente clase. Mis alumnos todavía no están preparados para enfrentarse directamente a ningún demonio por lo que pensé que sería mejor que se enfrentasen primero a un poco de magia oscura.

—¿Y para ello robas mi bastón?

—¿No habría sido mejor que nos hubieses pedido permiso para hacer algo así? —intervino Jofiel.

—Pensaba que la enseñanza de mis alumnos dependía por completo de mí. Vosotros ya estáis bastante ocupados como para molestaros por algo tan banal.

—¿Banal? —el arcángel verde estaba algo más que furioso. Casi perdía el control.

—¿Qué tal llevas la búsqueda de Selene? —le preguntó el seraphín.

Demasiadas imágenes recorrieron su mente. Tuvo miedo de que hubiesen percibido alguna de ellas.

—En el Gran Bazar de Turquía creo que la vi, pero escapó antes de que pudiese cerciorarme —compartió con ellos los recuerdos sobre la mezquita, sólo las imágenes, la conversación se la ahorró —. Todavía me llevará algo de tiempo —concluyó.

Serafiel asintió.

—Todavía eres necesario, Gabriel, por lo que no podemos prescindir de ti —Raphael abrió la boca para protestar indignado, pero el seraphín le cayó con un gesto de su mano—. Sin embargo, tus pecados no pueden ser pasados por alto. Tras la fiesta de aceptación en los coros celestiales serás juzgado y me temo que Iraiael también.

Fue escuchar ese nombre y toda su serenidad se esfumó.

—¡No! ¡Eso sí que no! —sabía que Raphael estaba empezando a disfrutar con aquello—. Ella no tiene la culpa de nada, todo es culpa mía, ¡el único culpable soy yo! Por favor, se lo suplico, grandioso Serafiel, estoy dispuesto a asumir sus cargos por los dos, pero a ella no la incluyáis en esto.

—Deberíamos concederle esta petición —propuso el arcángel Chamuel.

—Sabes perfectamente que ella tiene casi tanta culpa como tú, pero de acuerdo, si así lo deseas sufrirás aparte de tu propio castigo el de ella. Será tu recompensa por haber servido bien al Señor todos estos años. No hemos olvidado tus valientes actos.

"Perdóname, Iraia" El feliz sueño que había estado viviendo todo este tiempo estaba llegando a su fin.

***

Las clases transcurrieron por primera vez sin ningún altercado. Ambos profesores sometían a sus alumnos a situaciones que ponían al límite tanto sus cualidades físicas como espirituales. El que peor lo llevaba era Ancel. Se cansaba antes que todos los demás y las pruebas de intelecto tampoco eran su fuerte. La hecatombe llegaba cuando tenía que enfrentarse contra algún compañero suyo. Todos poseían de alguna forma alguna habilidad sorprendente, sin embargo, él… Anteriormente había bromeado con sus amigos sobre este asunto, pero llegado el momento no resultaba tan divertido. Lo mismo provocaba un terrible tsunami que arrasaba con parte de la isla, como que acababa bailando y cantando una rumba con su rival. Su primer combate lo perdió, aunque dejó a su contrincante un llamativo tono azulado en la piel que no se le fue en varios días.

—Voy a suspender —se lamentaba un día con sus amigos.

—No seas tan pesimista —le intentaba animar Nathan.

—Es muy fácil decirlo pero, ¿de qué sirve que le cambie el color de piel a un demonio?

—Quien sabe. Quizás le vuelvas de color rosa y al verse le da algo y se desmaya —se le ocurrió a Yael.

—Lo que tienes que hacer es aprender a controlar tu poder —le dijo Amara.

—Eso es muy fácil decirlo, ¿cómo quieres que sepa el poder de cada pluma?

—Las plumas son nuestro poder sagrado materializado. El único que puede controlar tu cuerpo eres tú.

El joven ángel meditó aquellas palabras pensando que tenía razón.

—Sabes mucho, Amara. Seguro que apruebas sin ningún problema —le agradeció, más animado, con una sonrisa.

—¡Qué va! —se ruborizó ésta.

—Lo importante yo creo que no es aprobar o suspender —comentó el elemental de fuego. Amara se sorprendió. Cuando ella hablaba él solía ignorarla— sino esforzarse al máximo.

—Yo pienso que todo esto es una patraña, pero bueno —exclamó Yael—. Si Dios nos creó es por algo, porque se nos ha encomendado una tarea. Esta prueba para determinar si valemos o no como ángeles es absurda.

—¡No digas eso! —le reprochó Lisiel que había estado atenta a la conversación—. Los demonios son seres muy poderosos. Si envían a un ángel que no está preparado contra alguno de ellos sería aniquilado al instante y no podemos permitirnos más bajas. Estoy segura que a los que son destinados a Vilon, el cielo más bajo, se les encomienda alguna tarea especial.

—No es tan fácil comprender las ideas de alguien superior a nosotros —concluyó Ancel. Era lo que siempre les habían dicho y no tenían más remedio que tener fe en su creador.

—Por cierto, Evanth está tardando. ¿No va a venir, verdad? —preguntó Nathan.

A amara no le pasó desapercibido el interés mostrado por parte del muchacho en su compañera.

—No creo…—respondió Lisiel. No hacía falta que añadiera más pues sabían que estaría con Haziel, aunque los chicos no terminaran de comprender qué veía en alguien tan insoportable como él.

***

Gabriel había meditado mucho la situación. Suspiró, sabía que no podía alargar más la situación. La encontró preparando la clase del día siguiente cerca del volcán.

—¡Gabri! Me tenías preocupada —exclamó entusiasmada mientras se lanzaba a sus brazos.

Él no se lo permitió y la apartó. Ella le miró, preocupada. El ángel había pensado en utilizar la voz para esto. Sus pensamientos estaban inundados de sentimientos contradictorios y tenía que resultar convincente.

—Iraia, lo nuestro se ha acabado —intentó que su voz sonase fría e impersonal, pero segura—. Fue un juego divertido mientras duró, pero ha llegado el momento de afrontar la realidad. —ella nunca entendería lo duro que le resultó arrastrar esas palabras por la laringe.

—No entiendo qué quieres decir, Gabri…

—Que este juego se ha vuelto demasiado peligroso. Se acabó, olvídate de mí. Con el tiempo me lo agradecerás.

El sol ya se ocultaba por el ocaso y las estrellas más intrépidas se atrevían a asomar en el firmamento. Las pequeñas erupciones del volcán añadían más pintura magenta al paisaje. La montaña ígnea aún no entraría en erupción, pero para Iraiael fue como si lo hubiese hecho, arrasando la lava con su invulnerable corazón.

—¿Cómo que te lo agradeceré? —Se había puesto nerviosa y no sabía qué hacer con sus manos—. ¿El qué te tengo que agradecer exactamente? ¡Me dejas plantada y encima te tengo que dar las gracias por ello! ¿Acaso te gusta otra? Llevas unos días muy raro. Algo pasó cuando marché a aquella misión… —entrelazaba fuertemente sus dedos para evitar estrangularle.

—Lo único que ha pasado es que Raphael me ha presionado demasiado y ya no puedo más. Le Finale. Emborráchate e insúltame todo lo que quieras, pero no pienso darte ni una caricia más.

—Así que se trataba de eso, eres un cobarde… No, eso es lo que intentas hacerme creer. Estoy segura de que te han amenazado con hacerme algo, ¡cómo si no te conociera! ¡Idiota! Pues, ¿sabes qué? Me resbalan todas sus amenazas. No me importa. Te amo. Hace tiempo decidimos que nuestra relación valía más que nuestras vidas. ¿Me has oído? Me res-ba-lan. —gritaba al cielo mientras alzaba gestos ofensivos.

—Iraia, por favor. Pensaba que serías más madura.

No importaba lo que dijera, sabía que no se lo iba a poner fácil, pero ¡maldita sea! Intentaba dañarla lo menos posible y al oponer resistencia acabaría hiriéndola más de lo que quería. El cielo sangraba como su amor. Unas hojas crujieron no muy lejos de allí y Gabriel vio que se trataba de Amarael. Era la oportunidad que necesitaba desesperadamente. Decidió intentarlo. Se giró descaradamente y fingió que contemplaba boquiabierto a la muchacha.

—¡Cabrón! —sus manos no se resistieron más y le abofeteó. Así que pensaba dejarla por su alumna. Salido de mierda—. ¡Pederasta!

Le dio la espalda para que no la viera derramar lágrimas por alguien como él y ya no tenía fuerzas para añadir nada más. Se marchó corriendo y Gabriel pudo escuchar cómo reprimía su llanto mientras veía su silueta que tantas veces había abrazado desvanecerse entre la maleza.

"Lo hago por tu bien. Porque te quiero demasiado"

***

Tenían un pacto que cumplir y él lo sabía. Tenía que volver a aparecer, no podía abandonarla. ¿O sí podía? Si un diablo rompía el trato, ¿recibiría algún castigo? Amara negó bruscamente con la cabeza, tenía que sacarse esas ideas. No, él no la abandonaría.

Llegó al lugar donde se habían visto por última vez y pudo reconocer el lugar exacto donde le había sostenido entre sus brazos, moribundo. La aplastada hierba aún seguía salpicada de su sangre. La imagen de él agonizando, con la piel cubierta de llagas y quemaduras la había estado persiguiendo en sus pesadillas y al revivir el momento aún temblaba. Tenía que hablar con él. Un escalofrío recorrió su cuerpo provocando que su piel se endureciese. Estaba cerca.

Abandonó el claro de luna y se adentró bosque adentro. Le encontró de pie, con la espalda apoyada sobre el tronco de un árbol. Cuando intentó acercarse a él, Caín giró, quedando oculto tras el tronco. Cada vez que ella se acercaba, él se cambiaba de árbol. Así empezaron una persecución.

—¡Deja de comportarte como un niño! —le gritó cansada de jugar al escondite.

—Apóyate sobre el tronco —le ordenó él.

Se trataba de un árbol bastante antiguo por lo que sus raíces y tronco eran más anchos que los del resto.

—Esto es absurdo…— mascullaba. Sin embargo, obedeció y dejó su espalda caer sobre la rugosa corteza. Así permanecieron un rato, espalda contra espalda pero separados por el robusto tallo de madera. Una lechuza ululaba inspirada por la luna animándoles a que arreglaran la situación. El viento removía furioso las hojas de las copas. La radiante melena de la joven que esta vez iba recogida en una larga trenza, se unió al carrusel aéreo mientras que el pelo de Caín permanecía estático. Al fin y al cabo no era más que una ilusión.

—¿Por qué has venido? —le preguntó éste por fin sin tan siquiera cambiar de postura.

—¿Cómo que por qué? Tenemos un pacto que cumplir —ella tampoco se movió.

—¿Aún quieres seguir con él?

—Aunque no quisiese, ya es demasiado tarde, ¿no?—suspiró—Sé por qué lo dices. Tu aspecto, tu verdadero aspecto… ¿Quién te hizo eso?

—Sabes la respuesta.

—¡Los arcángeles! —se imaginó a Raphael descubriéndoles y torturándole con fuego. Se estremeció de nuevo.

Una piña cayó al suelo sobresaltando a las pequeñas criaturas nocturnas. El ángel buscó las manos de él y cuando las encontró, entrelazaron sus dedos. La piel volvía a ser tersa y perfecta, pero sólo a sus ojos. Su tacto sí que percibía la aspereza y de las quemaduras y ya no resultaba tan agradable. Amara probó a girarse lentamente para comprobar si él iba a volver a escabullirse. Permaneció inmóvil así que esta vez fue ella la que se puso sobre él, acorralándole. Un trocito de corteza se había quedado enganchado en el entrelazado pelo. Caín lo retiró con delicadeza.

—¿Cómo lo haces? —le susurró la joven mientras acariciaba su mejilla con los labios—. Me refiero a engañar a todo el mundo de esta forma. Hasta ahora no había percibido la aspereza de tu piel.

—Sugestión. El poder de la mente. La imagen que creo sobre mí engaña a vuestros cerebros haciéndoles crear falsas sensaciones. Zadquiel ha sido la única con lo que esa sugestión no ha funcionado porque nunca logré seducirla —Recordó cómo ella le había dejado bien claro que Nosferatus le había gustado más. También recordó lo que hace unas horas había ocurrido con Agneta. Si a él ella le repugnaba, se hacía una idea sobre él mismo. Ése era uno de los motivos por lo que no quería llegar a nada con Ireth. Quería ahorrarla ese horripilante momento. Y sin embargo allí estaba esa chica, sabiendo cómo era realmente y aún así besaba su piel. La verdad es que le sorprendía y no dejaba de fascinarle— ¿Intentas provocarme?

—Caín, el otro día, cuando pensé que te perdía, me asusté mucho.

—¿Tanto te importo?

Ella tardó en responder.

—Eres lo mejor que me ha pasado.

Sus ojos lanzaban destellos turquesa reflejando los rayos lunares.

—Lo mejor que te ha pasado se llama Nathan —la corrigió mientras la apartaba. Buscó un lugar más espacioso donde poder sentarse y se escabulló. Ella le siguió pensando todavía en lo que le había dicho.

—Bueno, ¿qué tal te fue explorando tu mente?

Amarael recordó su otra yo insultándola y los bloques de cristal hundiéndose en la carne de sus piernas. Intentó ocultar el fracaso, pero Caín había sido más rápido y ya la había leído la mente.

—Estás hecha un lío. Cuando tu propia mente te derrota es porque algo no anda bien y te preocupa —le dijo frotando sus nudillos contra la cabecita de ella.

—La próxima vez tendré más cuidado —proclamó, decidida.

—Imagínate entonces cómo tiene que ser explorar mi mente.

—¡Sería más fácil! Tu mente sí la comprendo. Te torturas a ti mismo repitiendo las palabras de los que te odian.

—Todavía te falta mucho para comprenderme del todo.

—Lo que sigo sin entender es qué buscas de mí.

—A veces ni yo mismo lo sé —confesó—. Lo que sí tengo claro es que odias a Metatrón, ¿cierto?

—Odiar es demasiado…Es solo que sabiendo la verdad luego ves la situación actual… Ya no sé qué pensar.

—Tú me ayudarás a derrotarle.

—No soy tan poderosa.

—Claro que sí, te falta un poco más de entrenamiento y terminar por espabilar del todo. Eres una flor muy hermosa y has comenzado a abrirte. Cuando florezcas por completo tú misma te sorprenderás de lo que eres capaz de hacer.

Sentía un impulso irrefrenable de hundir sus dedos en su oscura cabellera, pero consiguió frenase a tiempo. Le costaba creer que algo con ese brillo no fuese real.

—¿El pelo también? —con la de veces que había deseado removerlo…

—De todas formas por eso no suelo dejar que me toquen. Sobretodo el pelo, es demasiado arriesgado… ¿Recuerdas cuando intentaste derrotarme hundiendo cabellos míos en un veneno? El frasco estuvo vacío desde siempre.

La estaba costando asimilar que tan engañada había estado, aunque ahora comprendía por qué su plan había fracasado. Aún así, seguía siendo tan sensual como siempre.

—Caín…

Chsss —la silenció. Bajó delicadamente sus párpados—. Concéntrate. Intenta adivinar qué estoy imaginando ahora mismo.

Amara se centró, aún teniendo los ojos cerrados, e intentó localizar el puente que le estaba tendiendo. Aún no lo había encontrado cuando comenzó a percibir las primeras imágenes. Desolación. Todo tenía un tono rojizo y desalentador. Ruinas. Pánico. Todo lo consumía el fuego.

—¿El Apocalipsis? ¿Es eso en lo que piensas ahora?

Caín asintió con un gesto. Amara seguía con los ojos cerrados por lo que no pudo verlo, pero lo percibió.

—Pensé que estabas a favor de él.

—He estado pensando, sí, me haces pensar. El caso es que yo quiero que surja un mundo nuevo, sin Metatrón, pues éste lo único que quiere con el Apocalipsis es acabar con los humanos y las razas que ha creado. Los odia y considera como la prueba de su fracaso y por eso quiere acabar con todo, para eliminar esa espina. Los humanos tienen libre albedrío, allí cree que radica su error cuando es lo mejor que ha hecho.

—Así que quieres ayudar a los humanos.

—Yo nací medio humano pensando que lo era completamente. Muchos de mis súbditos son humanos. Gracias a mis esfuerzos y al que ellos han puesto hemos podio salir adelante trabajando la tierra. No quiero que ese esfuerzo haya sido en vano. Es cierto que me aprovecho de ellos cuando quiero, pero sin los humanos este mundo no sería igual, tanto para lo bueno como lo malo. Sería demasiado aburrido.

—Eres un tonto, Caín.

A medida que el tiempo transcurría, las clases de taumaturgia se iban volviendo más complicadas, pero Amara seguía poniendo todo su empeño e interés, mucho más del que le ponía a las clases normales pues no entendía por qué pero la profesora parecía haberla tomado con ella. Caín solía pedirla que hiciese cosas que iban en contra de su moralidad y siempre que ella intentaba oponerse, él sabía convencerla recitando las palabras necesarias para que todo se viese desde otra perspectiva. A veces temía que estuviese siendo manipulada, pero no podía quejarse. Estaba aprendiendo una senda oscura por lo que unos animales sacrificados no era nada comparado con lo que seguramente habría tenido que hacer si su maestro fuese otro.

El entrenamiento con los chicos tampoco marchaba mal. Parecía ser que los esfuerzos de Gabriel estaban comenzando a dar pequeños frutos. A veces sus clases se salían de lo normal, pero eso hacía que les gustasen más. Su profesor…, bueno, ya se habían dado cuenta de que era raro. Por muy mal aspecto que mostrase a veces, siempre intentaba seguir siendo igual de amable, como si nada malo ocurriese, pero muchas veces les dejaba corriendo y desaparecía. También se comportaba de forma extraña con Iraiael. Cuando ella intentaba acercársele, él se las apañaba para huir de allí. Luego se ensañaba con Ancel que seguía en actitud de “paso de todo porque voy a suspender”.



Llegó el fin de mes y los jóvenes ángeles habían preparado una salida para divertirse. Querían conocer alguna discoteca de algún lugar más desarrollado, pero Alemania estaba con una guerra civil y las famosas fiestas venecianas resultaban demasiado caras. Al final decidieron ir simplemente de bares para tomar algo y divertirse con la música. Entraron en una taberna que resultó ser una tasca y las provocativas mujeres les trajeron recuerdos a Ancel y Yael. Evanth y Lisiel se divertían bailando con los humanos. Al principio Nathan se mostraba reticente en probar tan siquiera una cerveza. El humo le irritaba y el caldeado ambiente le sofocaba. Lo consideraba una pérdida de tiempo, ellos no tenían problemas que ahogar con el alcohol.

—Lo que te pasa es que no ha venido Amara —le dijo Yael con suspicacia.

—¿Amara? Conociéndola estará el algún lugar oscuro haciendo quién sabe qué…

—¿Qué te ha pasado con ella? —le preguntó Ancel—. Antes siempre estabais juntos, pero desde que ha empezado el entrenamiento incluso la evitas.

—Estáis exagerando —trató de restarle importancia al asunto—. Tenemos opiniones diferentes así que para no discutir lo mejor es ignorarnos.

—Algo ha pasado, como si no te conociéramos—concluyó Yael— ¡Le pediste que fuera tu pareja en el baile y te ha rechazado!

—¿De qué baile hablas?

—Estás en la parra, tío. El de después del examen, ¡la fiesta! Es una tradición.

—Pues ya veis que no es eso —sin pensárselo dos veces le quitó la jarra de cerveza a su amigo y le pegó un largo trago. Casi no sintió la blanca espuma caer por su garganta, pero le supo terriblemente amarga así que intentó disimular la mueca de asco que la cerveza le había arrancado.

—Ay omá, ¡qué rica!—exclamó Ancel.

—¿De dónde has sacado eso?

Su amigo se encogió de hombros, ruborizado.

—Lo he oído en la barra.

Para poder oírse tenían que hablar a gritos y eso les resultaba molesto. Habían acordado utilizar las cuerdas vocales para no llamar la atención entre los humanos. Resultaría algo extraño ver un grupo de jóvenes que no parpadean ni hablan.

Aquel lugar resultaba maravilloso. Todo el mundo parecía feliz y al brindar con sus rebosantes jarras los problemas parecían evaporarse. Los hombres y mujeres disfrutaban con la compañía de los unos a los otros, no como en el Cielo. Cantaban, bailaban, follaban y reían.

—¡Mirad ese pervertido como mira a Lisiel!—exclamó un cabreado Yael— Se va a enterar.

Se levantó súbitamente mientras hacía crujir sus nudillos.

—Yael, detente —le pidió Nathan— Sabes que con tan sólo tocarle puedes mandarlo muy lejos.

—Deja que por lo menos sea feliz mirando—le detuvo a tiempo Ancel.

Ambos se miraron de reojo y advirtieron cómo dos mujeres cuchicheaban sobre lo mucho que les gustaba las rastas de Ancel. Se rieron y chocaron con fuerza sus jaras.

—Ay omá, ¡qué ricas! —exclamaron al unísono.

Nathan echaba de menos a Amarael. Quería verla tan feliz como el resto. La chica no había podido ir con ellos aunque le hubiese gustado, pero aquel día tenía clase con Caín, así que tampoco lo lamentaba demasiado. Ya podía crear pequeñas ilusiones como unas mariposas azules que las hacía revolotear alrededor de Caín. Aun así con eso no engañaría a nadie así que tenía que seguir esforzándose.

Algo le sacó de sus cavilaciones y se encontró con Evanth, la elemental del hielo, que le tiraba del brazo para sacarlo a bailar.

En una mesa próxima a la de ellos un hombre oculto en una gabardina negra reía maliciosamente mientras daba la vuelta a sus cartas.

***

En una oscura celda tan sólo iluminada por unos cirios rojos, Ireth yacía encarcelada en lo alto de un castillo de mármol negro. Había permanecido allí según el diablo “por su bien”. Caín la iba a visitar todos los días, pero ella lo único que hacía era insultarle. Sabía que se estaba comportando como una niña y que aquello no era propio de ella, pero si había algo que la enfurecía era que la encerrasen en una celda y la retuviesen con cadenas. En cuanto saliese de allí lo primero que haría sería desplumar a ese maldito cuervo y después la haría tragar por el pico toa la humillación que estaba sintiendo.

Estando encerrada tuvo varios sueños. Como no tenía nada mejor que hacer se dormía con la vaga esperanza de que todo fuese simplemente una pesadilla y que despertaría con una resaca del demonio abrazada al desnudo cuerpo de Caín. Cuando regresaba del reino de Morfeo sentía las extremidades entumecidas, pero no por lo bien que lo había pasado precisamente. Aún así no se despertaba de mal humor porque había podido ver a aquel ángel de nuevo. No estaba segura de que lo fuera, el hombre de la mezquita, pero en sus sueños siempre la acogía con seis hermosas alas blancas. De alguna forma ese hombre había calado hondo en su subconsciente. Lo extraño del asunto es que ella siempre le susurraba lo mismo: “ayuda a Caín”. Le había llamado monstruo y ahora el daño causado regresaba a ella como un boomerang. Se estaba arrepintiendo de haber dicho algo así, aunque todavía le dolía la bofetada en su mejilla, por lo que era incapaz de disculparse. Ya era demasiado tarde para eso, el daño estaba hecho. Aún así por dentro se sentía culpable.

"Dile que no es un monstruo" —le suplicaba al hombre de mirada gentil y largos cabellos — "Dile que le amo aunque a veces también le odie", era demasiado orgullosa como para decírselo ella y ya estaba cansada de hacer el ridículo.


En uno de estos sueños se despertó, sobresaltada, al sentir unos cuidadosos dedos secándola las lágrimas con las yemas.

—¿Caín? —le llamó con un débil susurro.

Pero no era él, sino una mujer de celestes cabellos.

—¿Qué haces aquí?

—Esconderme —fue lo único que respondió el arcángel.

Desde entonces todas las noches ella entraba allí y se sentaba junto a Ireth, sobre la fría piedra negruzca.

—¿Te escondes de Nosferatus?

—No necesito huir de él. Simplemente no me apetece verlo.

En las largas horas que pasaron respirando cera consumida Zadquiel le habló del Cielo, o de cómo lo recordaba ella, y de cómo había sido la vida de Selene.

—Selene, como la diosa de la luna.

—Sí, así es. Tu hermano y tú sois ángeles de la noche.

—Mi hermano…

—Sí, aquel joven que se veía tan tímido… Decías que temías que otras mujeres abusasen de él así que decidiste adelantarte…

—¡Por Satanás! —ocultó su ruborizado rostro entre su lacio cabello. Era una, una…

Zadquiel rió. Hacía tiempo que no lo hacía de esa forma así que se sintió bien y decidió que lo haría más a menudo.

—Tu hermano era muy mono, ahora tiene que ser toda una tentación. Se hizo famoso y temido entre los demonios. Las diablesas bromeaban con lo que sería enfrentarse a él, el ángel Blanco.

Zadquiel comenzó a visitarla con más frecuencia. Además, convenció a Caín de que en el tiempo que ellas pasasen juntas, Ireth estuviese libre de cadenas.

—¿Cómo acabaste así? —le preguntó un día el arcángel.

—Me mataron y Caín me resucitó. ¿Cómo acabaste tú casándote con Nosferatus?

—Era la única forma de seguir junto a mi hermana. No puedo dejarla sola… —un silencio estalló en sus labios—. ¿Amas a Caín?

—No puedo evitarlo, aunque intente autoconvencerme de que es un imbécil. —Otro silencio—. Y… ¿aún amas a Mikael? —se atrevió a preguntarle.

El semblante de ella cambió, pero no se había enfurecido como cabría esperar, más bien se puso melancólica. Sus ojos brillaban con una acuosidad especial. Inconscientemente se llevó la mano izquierda sobre la derecha, que estaba enfundada en un guante negro.

—Claro que le sigo queriendo. Pero él forma parte del pasado, un pasado que debo borrar.

—Él volverá y te salvará, estoy segura— la intentó animar.

Ella negó con la cabeza y sus finos cabellos se movieron recordándole al vaivén de las olas.

—No quiero que me rescate, ya no se puede hacer nada. Lo nuestro no volverá.

La semidemonio no volvió a preguntarle por el ángel Azul.

Un día Zadquiel no le desató las cadenas como solía hacer. En lugar de eso, se arrodilló frente a ella y depositó un húmedo beso en sus resecos labios. Su boca sabía a violetas de azúcar y la fragancia de rosas negras con la que perfumaba su cabello se le quedó clavada en la pituitaria de su nariz.

—Lo siento… Tienes parte de ángel por lo que me recuerdas a él. Necesitaba hacerlo… —su voz resultaba ser como el canto de una alondra acorralada y desesperada.

Zadquiel advirtió los pequeños orificios que perforaban el cuello de la semiángel. También los besó. Sus finos labios la quemaban mientras grababan algo en su piel. Cuando terminó, Ireth se llevó como pudo la mano al cuello y palpó una especie de sello que quemaba la materia oscura de su mano.

—Ya no te dará más problemas, pero por favor, que mi marido no lo vea— y la alondra estalló en lágrimas—. ¡Soy la peor madre que existe! ¿Cómo puedo permitir algo así? —sollozaba.

Ireth no sabía cómo reaccionar.

"Ha perdido el juicio" pensó. Ni siquiera sabía que tuviese un hijo. Zadquiel seguía llorando. Cinco lágrimas caían sobre su desalentado rostro.

—Ese loco de Astaroth lo tiene todo planeado y sabiéndolo lo único que puedo hacer es mirar. Y Caín… ¡Caín aprovechándose de ella!

De alguna forma aquello le hizo recordar a la angelucha esa, ¿Amara se llamaba?

Lo único que se escuchaba cuando sus llantos hacían una pausa eran los latidos de su congelado corazón que había comenzado a derretirse. Y eso picaba y escocía en su pecho. —¡Todo es culpa de este maldito sello! —exclamó clavándose sus largos dedos en su mano derecha.

Una daga plateada se materializó en su otra mano y ante el asombro de la prisionera la clavó entre los pétalos de la rosa negra que adornaba su mano enguantada. La sangre brotó, formando pequeñas flores carmesí. Los gritos de dolor del arcángel la estaban destrozando los tímpanos, no por la intensidad de ellos, sino porque escuchar algo así de una criatura como ésa resultaba más terrible, más desesperanzador que el canto del Katekate[1], el ave mensajera de la muerte. Una y otra vez levantaba el arma blanca y cada vez con más furia se lo clavaba, hasta dar en el hueso. La daga resbaló entre sus ensangrentados dedos y cayó sobre la piedra, produciendo un pequeño estrépito. Zadquiel contemplaba el estropicio que había hecho impasible, como si la mano que observaba fuese la de un ajeno.

—Si te entrego a los demonios quizás… —murmuró clavando su mirada en el asombrado rostro de la semidemonio—. …Si te entrego podría hacer algún trato.

—Zadquiel, cálmate. Nada de lo que ocurre es tu culpa…Si me entregas estarás ayudando a aquellos que te arruinaron la vida.

—¿Crees que a estas alturas eso me importa? Me da igual a quien ayudar, sólo quedan dos seres que me importan y no permitiré que les dañen.

Los ojos del arcángel comenzaron a brillar de un violeta intenso. La sangre que seguía tiñendo su mano de escarlata comenzó a brotar por los ojos de una asustada Ireth. El sello del cuello la estaba abrasando. Intentó detenerla, pero el imbécil de Caín había hecho algo que anulaba sus poderes. Un intenso dolor la hizo sacudirse. Infinitas puñaladas le estaban siendo atestadas desde manos invisibles. No las podía ver, pero percibía el frío metal rasgando su piel. El canto de la alondra taladraba sus oídos. Dicen que el canto de las sirenas es muy hermoso, pero mortal para sus pobres víctimas.

Consiguió volver a levantar la cabeza y el arcángel la aguardaba enorme jabalina apuntando hacia ella. La jabalina se deshizo en fragmentos de destellos púrpura y Zadquiel cayó al suelo con su larga melena ocultando su rostro. Caín apareció junto a Ireth y le susurró unas palabras que la hicieron caer en un profundo letargo.

Cuando despertó todo estaba en penumbras salvo una pequeña vela que permanecía prendida y no quedaba rastro del arcángel. Escuchó la puerta abrirse. Se trataba de Caín otra vez. Se acercó a ella al igual que antes había hecho Zadquiel y la rodeó con sus brazos.

—Lo siento, Ireth. Pensé que su compañía te agradaría —hablaba en susurros.

El sentirle tan cerca volvió a despertarla sensaciones que había tratado de sepultar.

—Todavía no lo entiendes, idiota.

—El otro día hubiese huido del mundo contigo. Lo habría dejado todo y olvidado mi venganza por estar junto a ti. Sé que soy un monstruo, ¿pero acaso los monstruos no pueden amar?

—Idiota, tú no eres un monstruo. Lo dije porque estaba herida y no sabía cómo defenderme…

La llama de la única vela se tambaleó y amenazó con extinguirse. Las cadenas le pesaban pero no cortaban la circulación de su sangre. Ni siquiera estaban hechas de materia oscura. Aquella oscura celda en ese momento se transformó en la más hermosa capilla. Los labios de Caín dibujaban arabescos en su cuello. Su aliento era frío, pero a ella le abrasaba. Sintió sus ásperos dedos recorrer su espalda y entretenerse con los cierres de su corpiño. Con un suave clic, la despojó de él. El diablo se alejó unos pocos centímetros para poder admirarla. Yacía semidesnuda colocada sobre una cruz invisible, con los brazos extendidos para él. No poseía la belleza virginal que quitaba el habla de Amara, pero para Caín era la más hermosa del mundo. Tenía los ojos del mismo añil que su hermano. Según el estado de ánimo se volvían más oscuros o brillaban más. En ese momento la emoción contenida les dotaba de una chispa de electricidad. Su liso cabello caía sobre sus afilados rasgos, marcándolos más. La llama de la vela proyectaba sombras místicas sobre su piel mestiza despertándole fantasías de ensueño. Sus turgentes pechos, uno blanco como la nata y el otro negro como el chocolate, flotaban sobre una nube de excitación al suave compás de su respiración. Aquella peculiaridad la dotaba de un exotismo especial. No quería apartar la vista de aquella visión por miedo a que si lo hacía, ella se desvaneciese en un halo de tinieblas. Tocar su cuerpo representaba un tabú para él, demasiado sagrado aquel templo para profanarlo. Pero ella le conocía bien. Le mostró una radiante sonrisa de perlas blancas. Si hay algo en ella que de verdad le gustaba era su sonrisa. Sin ella era una más, pero cuando sonreía el mundo era un lugar mejor. En unos segundos de impulsividad se deshizo de aquellas barreras que él mismo había levantado y se sumergió de lleno en ella.

Los movimientos que Caín ejercían sobre ella parecían muy cuidados, como si estuviese siguiendo meticulosamente los pasos de un ritual muy complicado que había ensayado numerosas veces, pero que no se había atrevido a ponerlo en práctica hasta ese momento. Ireth quería gemir, pero temía estropear el ritual. Hasta sus pestañas temblaban. Se había demorado demasiado, pero por fin el momento había llegado. Había sido la primera que había descubierto cómo era el interior de Caín y lo quería entero para ella. Aunque fuese un idiota, era su idiota.

Él se detuvo bruscamente. La puerta se había abierto y un triángulo de luz le había traído nuevamente al Infierno.

—No es que quiera interrumpir—se aclaró la garganta—pero tampoco me siento bien siendo un mirón.

Samael les contemplaba desde el arco de la puerta con sus mechones dorados y plateados y su intimidante mirada. Una capa blanca cubría su cuerpo desde los hombros hasta el suelo.

—¿Qué haces aquí? ¿Quieres que te consiga unas cadenas y te haga un sitio en esta celda? —replicó su hijo fríamente.

—Como siempre tan cortés —Caín arropó a la chica con su propio cuerpo, aún sin salir de ella. No quería ni que Samael la mirase siquiera—. Sólo venía a avisarte de que Astaroth planea algo contra Amarael.

Al escuchar el nombre del ángel, Caín notó como Ireth protestó silenciosamente.

—¿Te crees que no lo sabía? Yo también tengo mis informadores.

Sabía que él estaba disfrutando de este momento. Cualquier cosa con tal de molestarle.

—¿Vas a dejar que la pase algo? —insistió.

—Eso no es asunto tuyo. Además, ahora estoy ocupado.

Volvió a buscarlos labios de Ireth y no le importó que el otro estuviese delante para besárselos.

—Creo que no has entendido. No quiero que sigas con esto. Me parece muy bien que la tengas retenida, pero con lo idiota que eres ella te acabará dominando.

—Ya sé lo que tengo que hacer y lo que no. Lárgate.

—Todo el mundo la busca, ¿por qué no la matas? Así acabarías con los planes de todos.

—Y serviría a los tuyos. Es la hija de Belial, muerta no serviría de nada.

—Viva sólo es veneno para ti y una fuente de akhasa. Ahora eres el Señor de los Infiernos. Olvídate de esta pobre criatura. Tengo planes mejores para ti.

—Deja de entrometerte en mi vida, Samael —le dijo con voz cansada.

—Primero estropeas la vida de tu madre y la mía y luego quieres olvidarte de nosotros. Qué poca vergüenza. Si no hubiese sido por nosotros a saber que hubiera sido de ti.

Ya se estaba pasando demasiado. Aquellas palabras sí que le habían hecho enfurecer. Sin darse cuenta estaba apretando más fuerte de lo que quería a Ireth. Ella no protestó.

—No sé qué quieres de mí. Si torturándome os sentís mejor, seguid haciéndolo, pero Ireth no tiene nada que ver en esto. ¿Qué más te da lo que yo haga con ella?

—Por eso mismo. Tú lo estropeaste todo y tú lo vas a arreglar. Enamorándote de un semiángel no solucionas nada. Todo es culpa tuya ya que si la hubieses conquistado antes, si me hubieses pedido ayuda en vez de resucitarla por tu cuenta… Pero ya es demasiado tarde. Y también sé cual es la única forma de hacerte reaccionar. Amarael es peligrosa. Cuando Metatrón descubra que es un Elohim la matará, y Lucifer, donde quiera que esté, también. La hija de Belial es útil, a Amara la temen por lo que intentarán eliminarla al no ser que encuentren la forma de utilizarla. Mata a Ireth para que no la puedan utilizar y utiliza tú antes a Amarael contra ellos.

Las cadenas que sujetaban a la semidemonio comenzaron a fundirse, produciéndola marcas incandescentes.

—¡Samael, detente! —estaba tan enfadado como aterrado. Desató su furia provocando el desmoronamiento de la pared.

Un pequeño corte en la mejilla acabó con la perfección del rostro del ángel traidor. Se llevó la mano lentamente hacia el corte para comprobar que, efectivamente, estaba sangrando.

—Has conseguido herirme —su voz sonó completamente impersonal, como si un robot estuviese haciendo ventriloquia a través de él. Sin embargo, tras estas palabras aparentemente vacías se ocultaba una terrible amenaza. Caín la descubrió y se dio cuenta de que seguía temiéndole como desde el primer día. No era su vida la que le preocupaba, sino la de Ireth. —Quizás Brella tenía razón, a fin de cuentas. Te he dado demasiado poder, pero aún así no conseguirás derrotarme. Nunca lo conseguirás.

El duro y sólido suelo comenzó a fundirse también y el peso de las botas de Caín le hizo hundirse en él. Se había separado un momento de ella para hacerle frente a Samael, pero ahora se arrepentía de haberlo hecho. Reaccionó rápidamente teletransportándose y reapareciendo de nuevo ante Ireth, pero no fue lo suficientemente veloz. El aire que rodeaba a la chica se había transformado en una barrera de cristal inquebrantable. Caín lo golpeó con fuerza, sin conseguir absolutamente nada. Ése era el poder de la alquimia taumatúrgica: podía modificar la estructura atómica de la materia. Samael se había situado dentro de la barrera, enfrente de la semidemonio, amenazante.

—Déjame que te cuente un cuento, pequeña —silbó con falsa simpatía.

Ireth le escupió en la cara. Aquel hombre era el causante del sufrimiento de Caín. Pensaba cobrárselo caro. Él la abofeteó con su mano de akhasa en su mitad demoníaca. El sabor del aliento de Caín fue sustituido por el de su propia sangre. Le volvió a escupir. La mancha de saliva teñida levemente de carmín le cayó sobre el ojo. Samael la agarró por la barbilla y la obligó a que le escuchara. Mientras tanto, Caín seguía golpeando el aire inútilmente.

—Érase una vez un rey de un reino muy pobre. Estaba completamente arruinado y tenía deudas por todos lados. Sin embargo, tenía un gran corazón. Por ello una hechicera se apiadó de él y le concedió un don: todo lo que tocase se volvería de oro. —Los ojos de la chica se abrieron de par en par imaginándose su destino. Samael continuó con su relato—. Pronto se volvió el hombre más rico del mundo. Su codicia se despertó con un apetito voraz, hambre de riquezas. Sus sirvientes, el agua, los animales del reino… todos ellos se volvieron estatuas de oro.

—¡Aléjate de ella! —gritaba el diablo desesperadamente. Ireth nunca le había visto así, pero Samael seguía forzándola a que le mirase a él.

—Aquel bondadoso rey había cambiado bruscamente corrompido por la avaricia. Su amada se dio cuenta de ello y trató de detenerle, pero él no la escuchaba. Una noche en la que regresaba de haberse gastado parte de su fortuna, encontró durmiendo a su amada sobre un lecho de flores de lis. Bajo el efecto de los rayos lunares era tan hermosa…

—¡Samael, haz lo que quieras conmigo pero aléjate de ella!

—…Tan hermosa que no se pudo resistir a acariciarla.

La voz de Samael se iba haciendo más fría, más gélida, como si pudiese modificar también la estructura de las palabras. Ireth se resistía con todas su fuerzas intentando asestarle una patada, moviendo enérgicamente las alas, pero el aire resultaba terriblemente denso y se sentía terriblemente pesada. Si Caín no hubiese anulado su poder… Ese maldito ángel no podía ser tan poderoso, ni siquiera era un arcángel, uno de los que habían torturado a Caín con fuego…

—Cuando el rey reaccionó ya era demasiado tarde, su amada era ahora otra estatua dorada más, de ese material que ahora amaba por encima de cualquier cosa.

En sus ojos violáceos un destello dorado se encendió y un último grito desesperado de Caín fue lo último que escuchó antes del silencio total. La piel por donde la estaba agarrando adquirió un tono amarillo y ante el fracaso de Caín, su piel, sus ojos, sus labios y su sonrisa se metalizaron. Ireth ya no era ni un ángel, ni un demonio, sino una estatua del noble metal. El cristal que Caín golpeaba frenéticamente volvió a ser aire y él cayó miserablemente a los pies de la mujer que instantes antes se estaba entregando a él. Las lágrimas mojaban sus mejillas y párpados, pero la frialdad del suelo las absorbía. Levantó la cabeza, esperando encontrarse con esa sonrisa que le solía iluminar, pero sólo se topó con los pies de una estatua. Sus pechos ya no se movían con el vaivén de su respiración y su piel ya no se erizaba con sus caricias. Era un monstruo, un monstruo inútil que no había sido capaz ni de protegerla.

CONTINUARÁ

[1] En la mitología de los indígenas de la altiplanicie Perú Boliviano


kaho dijo...

Ohhh...

Estuvo intenso el capítulo y no dejaste perder ni un detalle... sigo pasmada O_o

Me encantó!!

Besos ^^

KarAne dijo...

Este capitulo estuvo genial!
Como dijo Kaho, intenso xD.
Me ha gustado tanto, espero con ansias el resto.
Mucha suerte con terminar el libro, que va muy bien ^^!
Saludos.

Luxuria dijo...

Para las dos: ¡muchísimas gracias! *_* A partir de ahora los capítulos van a ser intensos hasta llegar al final de este primer bloque :)

Mary Delmar dijo...

Holaa Luxury!! Gracias por visitar el blog!! ^^ me alegro que te guste! a la playlist le he intentado dar un toque de Fangtasia (has visto True Blood?, si lo has visto sabrás a que me refiero :P), y me alegro que tambien te haya gustado.

Tienes un blog chulisimo, muy guay, te afilio vale!!?? para poder seguir tu blog de cerca. Un besazooo muaksss

Nieves Hidalgo dijo...

Hola Luxuria, he venido a visitarte a tu blog. Ahora mismo te enlazo con el mío y ya me he hecho seguidora de dolce-inferno.

Un beso y mucha suerte.

Beth D. dijo...

¡Hola!

Me gustaria que te pasaras por esta entrada ya que hay algo ahí para ti.

No es broma, mucho menos SPAM. Tampoco ganas de hacer publicidad , eh. Solo... date una vuelta por la entrada ;)

Besos.

Beth D.

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