Cargando...

¿Qué es Dolce Inferno?

+/-

Dolce Inferno es una novela de fantasía paranormal que estoy escribiendo y voy publicando los borradores en este blog para que los leáis. Va a ser una saga y lo que podéis encontrar de momento es la primera parte: Polvo de Estrellas.
La autora soy yo, Luxuria o Lux o Viento según qué lugar de internet. Si lo veis que la publica en algún sitio alguien diferente, avisadme porque seguramente me estarían plagiando.
Sinopsis: Tras la última batalla contra los demonios, los ángeles quedaron muy debilitados por lo que tienen que sufrir un duro entrenamiento para poder pertenecer al Coro Celestial. En esta era el nuevo encargado de adiestrar a los jóvenes principiantes es Gabriel, un ángel al que todos quieren nombrarle arcángel pero él lo rechaza siempre.
Los ángeles, bellas y poderosas criaturas pero que están condenados a no poder amar a nadie mientras que los demonios se esfuerzan por tentarles.
Esta historia se desarrolla en un mundo basado en la Tierra pero una Tierra diferente a la que conocemos, en la que parte está dominada por los demonios y sus defensores y en otras, el poder de la Inquisición,una organización muy avanzada tecnológicamente, se ha logrado imponer. Un mundo donde todos intentan hacerse con el 5º elemento o akasha, el material más valioso y escaso que existe.
Todo se complica a partir de que Amarael, una joven candidata a ángel, conoce a un demonio con el que se ve a escondidas.

Advertencia de contenido

+/-
Esta historia contiene escenas no aptas para todos los públicos: Violencia, lenguaje malsonante, sexo, drogas, incesto, violaciones, orgías. ¡Sea responsable! Algunos temas metafísicos pueden chocar con sus creencias e ideologías. Es una historia de fantasía, si no tiene la mente lo suficientemente abierta no la lea y no moleste a los que les gusta. El mundo en que se desarrolla está basado en la Tierra para que sea menos lioso, pero no es la Tierra, verlo como un universo alternativo.

¿Qué estilo prefieres?

Libros autopublicados

Polvo de estrellas cap. 27

Muchas gracias a todos por vuestro apoyo, sois geniales :) Hacéis que no me arrepienta de publicar esta historia por internet.

En cuanto al sistema de comentarios, el formulario me daba problemas, pues se cargaban automáticamente los comentarios en vez de la entrada, esto pasaba sobretodo con el índice de capítulos, por eso a ver que tal va este nuevo sistema. No creo que nadie tenga problemas porque no encuentra donde comentar(espero). En cuanto se pasa el ratón por la imagen del chico violinista se cargan automáticamente los comentarios. Lo malo que esto no pasa hasta que se haya cargado por completo el blog y en eso tarda un rato. Voy a estudiar la forma de aligerarlo, ya lo intenté con los fondos pero tampoco resuelve mucho, tengo que hacer limpieza del código fuente.
También puse un formulario por si queréis mandarme algún e-mail. Pero utilizadlo con cabeza, no como messenger.

Bueno, os dejo el capítulo. Soy mala, lo sé. Espero que al final no me acabéis odiando. He reorganizado Infernalia, por lo que quizás os da la sensación de que las cosas me van surgiendo según escribo. La verdad es que mis personajes se han rebelado. Es difícil de explicar, pero es como si ellos fuesen los que van escribiendo la historia en vez de yo. Espero que no se me vaya de las manos porque las cosas no están saliendo como tenía planeado. Siento no poder justificar el texto, pero sino el "Leer más" no queda bien.




En el capítulo anterior Astaroth junto con sus demonios les tienden una trampa a Amara y Nathan, llevándolos a un teatro abandonado. Afortunadamente Caín y Superbia intervienen arruinándole los planes al Archiduque. Los arcángeles también intervienen e incluso Serafiel comienza a sospechar de Amara. Nathan la hace prometer que nunca más volverá a ver a Caín. Serafiel estaba teniendo una conversación en el baño con Claudia, el cuervo de Caín.





Polvo de estrellas cap. 27: Luna azul

—¿Quieres que te cuente todos sus planes? Sabes que ya me la estoy jugando viniendo hasta aquí —el agua de la bañera se desbordó en cuanto Claudia se introdujo en ella.
—Por eso mismo, ya que estás aquí sería una pena desaprovechar la ocasión.
Los fríos ojos del serafín se clavaban en ella, rogándola que contase todo lo que supiese. Claudia esperó a que las tambaleantes aguas se detuviesen, sumergida en esos fríos iris, y finalmente accedió a hablar.
—Ese idiota está completamente enamorado de ella.
—¿En serio? Yo pensaba que a quien quería era a esa otra, ¿Ireth, se llamaba?
—Y así era, pero ese ángel le fascina.
—¿Por qué?
—Porque está prohibida. No hay que darle más vueltas, él es así de imbécil —mientras hablaba ella iba jugueteando con la espuma, dejándola escurrirse entre sus dedos.
—Tiene que haber algo más.
—Estamos hablando de Caín, el mismo loco que se presentó en el Infierno y liberó a todos los demonios, sus acciones no tienen lógica —se refería a cuando Caín huyó del Cielo, que se dirigió a la prisión de demonios que era por aquel entonces el Infierno, liberándolos a todos.
—Lo de asesinar a Uriel fue por venganza, pero sí, fue un acto demasiado temerario —Uriel era el encargado de vigilar el Infierno, y por tanto quien poseía sus llaves.
—Piensa que Amara es una perfecta candidata para reemplazar a Metatrón y tiene miedo de que eso pase porque entonces sí que la perdería por completo.
—¿En serio?
—Ya te lo he dicho, es un imbécil.
—Hablas de él con mucho rencor.
—¿Cómo no iba a hacerlo con todo lo que me ha hecho? —ahora tenía su rostro entre sus manos mientras le dedicaba ardientes miradas y se mordía el labio sensualmente. El sofocante vapor encrespaba sus cabellos—. No te puedes imaginar lo horrible que es esta maldición. Por favor, quítamela Serafiel. Si sigo así mi parte animal dominará a la racional. No quiero convertirme en su mascota —le rogaba aduladora mientras tiraba con sus piernas atrayendo el cuerpo de él hacia su entrepierna.
—Sabes que si pudiera te la quitaría, pero me temo que la única forma de conseguir esto es acabando con él y eso no está en los designios de Dios, pero... —el calor en la atmósfera era palpable y cada poro de su piel se sentía embriagado por la fragancia de las sales aromáticas— podría saltármelos por una vez en recompensa a tu valiosa información. Al fin y al cabo nadie lamentaría su pérdida. De momento necesito que sigas haciendo de espía.

***


Raphael acompañó a los dos aprendices hasta el lugar donde estaban el resto de sus compañeros dando clase. En cuanto les vieron llegar todos se levantaron emocionados al ver que sus compañeros estaban bien.
—¡Nathan, tío! —exclamó Yael.
—¡Os lo dije! Sabía que estaba vivo —sonreía ampliamente Evanth. Haziel también se había alegrado de que el único capaz de rivalizar con él no hubiese muerto tan fácilmente, aunque el interés de su novia por el elemental de fuego no le hacía ninguna gracia.
—Menos mal que estáis bien —les dijo Ancel a los dos cuando vio que Amara se había apartado de Nathan para dejarle que sus amigos le recibieran.
—Gracias. Sí que estabais preocupados.
Los profesores también se mostraron muy aliviados, sobretodo Gabriel. Parecía que le habían quitado un enorme peso de encima.
—¿Dónde os habíais metido? Ya pensábamos que os había pasado algo —les dijo. Miró a Raphael en busca de respuestas.
—¿Por qué nos dabais por muertos? —preguntó Nathan.
—Bueno…no sois los únicos que habéis desaparecido hoy. Cahetel y Nanael también están desaparecidos.
—Esta vez ha sido culpa de Astaroth aunque no sabemos qué pretendía, pero el propio Caín ya se encargó de él —les explicó Raphael.
—¿Astaroth? ¿Alguien tan importante?
—Sí, pero Amara lo hizo muy bien —proclamó Nathan.
—Yo no hice nada… —musitó la joven que todavía se sentía culpable por todo lo que había pasado—. Yo hice enfurecer a Astaroth una vez, esto ha sido para vengarse —confesó.
—Te he dicho que dejes de culparte de todo lo que pasa —le regañó Nathan.
—Tu amigo tiene razón —asintió Raphael—. Y ahora deberíais iros a descansar, tenéis que estar agotados, sobretodo tú, Nathanael. Toma —de un bolsillo de su túnica sacó un pequeño frasco de cristal con un líquido azulado—. Tómate hasta la última gota, te sentará bien.
—Puedes descansar en la habitación del hotel—le dijo Gabriel—. La clase ha terminado por hoy—anunció al resto—. No olvidéis practicar lo que os he enseñado, mañana seguiremos estudiando los diferentes diablos.
Los aprendices estaban ansiosos por llenarles de preguntas y escuchar su versión de los hechos así que Iraia tomó de la mano a su alumna y la guió a su habitación.
—Tienes que descansar, Amara. Yo me encargo de ti que para algo eres mi alumna.
—Descansa —le respondió Nathan a la última mirada que le dedicó la chica.
—Tú también —se despidió de él.
—¡Nosotros llevamos a Nathan! —le dijo Ancel a su profesor.
—Está bien, pero no os paséis. No es momento para acosarle a preguntas.
Ancel y Yael asintieron y ayudaron a su amigo a que se apoyara en ellos. Los alumnos comenzaron a disgregarse.
—Pues te has perdido la clase de hoy —le pusieron al día sus compañeros—. Hemos tenido que liberar una pequeña base de extracción petrolífera que unos Caídos habían ocupado.
Las voces se fueron apagando según se alejaban hasta que finalmente Gabriel y el arcángel se quedaron a solas.

—Estamos metidos en un lío —le dijo este segundo—pero a diferencia que tú yo lo hago por el bien de los ángeles.
—Ya me he dado cuenta de que Amara es importante. Ella también es un elohim, ¿verdad?
—Sí, pero ella no nació fruto del pecado. Mikael y Zadquiel me dijeron que creían haber encontrado la cura, pero primero tenían que ganarse el apoyo del Cielo entero, por eso hasta que no se casaran no querían anunciarlo. Lo que más deseaba yo como médico era encontrar la cura a la Infección por lo que acepté ayudarles, pero ahora Zadquiel está en Infernalia y nadie sabe qué pasó con Mikael.
—¿Sabes cómo curarla?
—Los elohim tienen un cromosoma especial que les hace inmunes, pero como son muy escasos no he podido investigarlo lo suficiente.
—Yo también soy un elohim, estabas en lo cierto. Siempre tuviste miedo de que Selene te suplantara como médico por sus habilidades. Esto te pasa por haberla tomado con ella.
—A mí no me hablas en ese tono.
—¿Te duele que te diga la verdad?
—Lo que te va a doler es esto —Raphael cargó su puño y le propinó un puñetazo en la perfecta tez del ángel. Unos mechones se soltaron de la recogida melena de Gabriel, ocultando su ensombrecido rostro. Escupió gotas de sangre que comenzaban a volverse incoloras por beber la ambrosía. Se respiraba la tensión de la cargada atmósfera. Raphael se quedó mirando el puño con que había golpeado. No era propio de él perder los papeles de esa forma, pero hacía tiempo que lo estaba deseando.
—Yo tengo más fuerza que tú, Raphael —respondió con un tono de voz apagada —¡No me obligues a matarte! —le devolvió el golpe haciéndole caer sobre el suelo. Raphael aún no se había incorporado cuando Gabriel volvió a la carga—. ¡Y ésta es por haber llamado puta una vez a Iraia! —sus duros nudillos impactaron fuertemente de nuevo contra el arcángel. A Gabriel le temblaban los hombros y jadeaba mientras intentaba contener su ira—. No quiero que el Cielo pierda a su mejor médico —se acercó al arcángel que seguía sin levantarse y le agarró por la parte superior de su túnica acercándolo peligrosamente hacia él. El humillado semblante de Raphael quedaba semioculto por su desordenada cabellera.
—Golpear un arcángel es un grave pecado. Con cada acto estás firmando cada vez más tu sentencia —unas gotas de sudor resbalaban sobre su sien cual pequeñas perlas de rocío.
—No me salgas con mariconadas. Ya me has estropeado mi relación con Iraia y hasta que no seas tú el que me arranque las alas sé que no vas a parar. Créeme que si mi muerte arreglase todos mis pecados dejaría que me pusieras fin ahora mismo, pero me temo que eso sólo liberaría un mal mayor. << Encontraré a Mikael, él ya pudo con Lucifer una vez >>
—No sé cómo puedes estar tan tranquilo después de haber asesinado a tu familia, y más sabiendo que llevan tu sangre.
<< Ése es el problema, que llevo la sangre de Lucifer >> La acusación del arcángel le había hecho detenerse en seco. Raphael le miraba desafiante a los ojos intentando captar algún pensamiento que se filtrase. Tras reflexionar sobre la situación finalmente le soltó.
—A ti no tengo por qué darte explicaciones de nada.
Raphael fue a invocar su bastón, pero en el último momento se contuvo. Se recompuso la ropa para volver a mostrar la perfección de siempre mientras le daba la espalda a un cabizbajo Gabriel.
—La rápida ascensión de Eurifaesa y Kazbeel siempre me llamó la atención. Averiguaré qué es lo que pasa contigo y así dejarán de desconfiar de mí. Ya te avisaron de que si seguías vivo se debía a que resultas útil; yo soy más imprescindible que tú así que no me ejecutarán.
El Gran Médico se inmaterializó dejando que la soledad se ocupase del torturado Gabriel. Éste se dejó caer contra el tronco de un árbol hundiendo la cabeza entre sus rodillas. La arrugada corteza arañaba su espalda y el aire que se había agitado removía su cabellera. Raphael siempre conseguía infundirle ganas de seguir luchando. Hace unos instantes estaba dispuesto a entregarse para no cobrarse más vidas, pero simplemente por el orgullo de no dejarle salirse con la suya estaba dispuesto a seguir adelante, aunque fuese de esa forma tan reprobable. No tenía la menor duda de que él había matado a los dos aprendices desaparecidos pues se había despertado bañado en sangre sin recordar nada de la noche anterior. Por un momento incluso había temido haber devorado a Amara y Nathan también al no encontrarles. ¿Cuántos ángeles más tendría que engullir para mantener el nivel de akasha estable?
<< Selene, espero que tú estés mejor que yo. Esta lucha me está agotando. No sé cuánto tiempo más cargando con la culpabilidad podré resistir >>

***


Los demonios son seres demasiados caóticos, tienden siempre a la entropía. Por ese motivo no había algún orden en particular, simplemente tenían que obedecer al más fuerte para no enfurecerlo. Lucifer fue quien hizo el primer intento de establecer una jerarquía y nombró algunos títulos militares como al poderoso Satanachia, que le nombró Gran General o a Rocafale, el Primer Ministro. También otorgó otros títulos nobiliarios a los ángeles traidores que le acompañaron, como duque o marqués. Tras la caída de Lucifer, Caín los liberó, pero se marchó a vivir a la Tierra con Lilith y un séquito de seguidores. Entonces algunos demonios se aliaron para encerrar a estos demonios con títulos especiales, y se hicieron llamar “príncipes”, repartiéndose los niveles nuevos que habían aparecido, formándose así Infernalia. Lo que antes correspondía con la prisión del Infierno quedó deshabitada, hasta que los vampiros lo ocuparon. Ése es el infierno más bajo: el Gehena.

Vapores sulfúricos se escapaban a presión de diferentes orificios en el suelo que debido a las bajas temperaturas se solidificaban rápidamente para fragmentarse en pequeños cristales de hielo, acumulándose poco a poco y dando lugar a dunas que pinchaban como agujas. Caín se encontraba de nuevo en el Séptimo Infierno, el Cocytus, donde se había llevado a cabo su ceremonia de coronación, tan sólo que ahora el caldeado ambiente había desaparecido, volviendo a ser el infierno congelante de siempre y los fríos vientos volvían a azotar la región. La gran laguna en la que se había tenido que sumergir, ahora era prácticamente una vasta extensión de hielo. Se detuvo un momento ante el que se suponía que había sido su cuerpo. Seguía atravesado por las gruesas raíces y toda su energía se había derramado en forma de lágrimas congeladas que constituían el lago. Aunque en realidad se trataba del cuerpo de Areúsa, nadie lo sabía. Todo el mundo pensaba que había sido lo suficientemente poderoso para renacer rápidamente en otro cuerpo. Adramelech, presidente del alto consejo de los demonios, le seguía. También era famoso por ser el intendente del guardarropa de Satanás y al igual que había servido fielmente a Lucifer ahora le tocaba servir a Caín. Se había encargado de vestirle él mismo con un grueso abrigo especial para no congelarse en aquel infierno helado. Siguieron avanzando por aquel desolador páramo hasta llegar a una sección denominada “Atenora.” Allí era el lugar donde permanecían encerrados los grandes militares del Infierno y que sólo eran liberados cuando se les necesitaba. Abadón El Destructor, el encargado de mantener encadenado el cuerpo de Satanás, salió a recibirles. Caín sabía que el demonio no iba a consentir la pérdida de tantas almas, por lo que ya había pensado en algo. Abadón era sin lugar a dudas el ser más tétrico con el que se había topado. Iba totalmente cubierto por una raída túnica negra y la cabeza la llevaba encapuchada. Aún así resaltaban de entre la oscuridad dos cuencas melancólicas de un azul muy intenso. Mirarlas durante demasiado tiempo producía un estado de depresión profunda que te ataba para siempre a la oscuridad más espesa del abismo. Debido al frío intenso, había perdido tres dedos en la mano derecha y otros dos en la zurda. En lugar de falanges, tenía pedazos de carne arrugada y atrofiada, cosidos por cadenas oxidadas que se aferraban con desesperación al mango del tridente que portaba para mantenerlos unidos.
—Según a quien quieras utilizar un precio tendrás que pagar —recitó lentamente y con voz ronca el alcaide.
—No los quiero utilizar sino hablar con ellos.
—Los visitantes también tienen que pagar.
Caín miró a Adramelech y éste le hizo un gesto afirmativo. Extrajo una esfera negra de cristal que parecía estar rellena de agua o de algún otro fluido más espeso, y se la tendió a su señor que a su vez se la tendió al alcaide. Con su raquítica extremidad aceptó el pago y se lo llevó hasta un pozo que se hallaba a la mitad del estrecho pasillo en el que se encontraban. Vertió el contenido en el pozo y una gran fuerza comenzó a emerger de su interior, haciendo mover una pesada campana que se encontraba encima. Tres funestas campanadas resonaron, tres minutos tendría.
—Entre las almas que me has dado estaba la de Zemunín. Has tenido suerte por esta vez, sino no tendrías para más de minuto y medio.
Caín se adentró en la Atenora mientras que Adramelech se quedó aguardando en la entrada. Cada preso se hallaba confinado en un foso de profundidad y condiciones variables. Fleuretty, el Teniente General, se hallaba hundido en un foso de barro que producía eternos escozores. Agallarept se hallaba sin embargo atrapado por terribles plantas carnívoras que le iban devorando lentamente. Pasó también por delante del Mariscal del campo Nebiros, un terrible demonio capaz de causar enfermedades, el cual se retorcía en un nido de serpientes, y también reconoció al jefe superior Sargantas aullando de dolor y siendo atravesado por espinas y todo tipo de objetos cortantes. Rocafale se pudría en un foso de residuos y estiércol. Finalmente llegó hasta Satanachia que se hallaba sumergido en lava. Era el único que no gritaba ni se lamentaba. Simplemente acumulaba odio.
—Este lugar no parece muy cómodo —se burló Caín de ellos. El General apenas se resignó a dedicarle una mirada que le decía claramente que se largara de allí.
—Tú no eres Belcebú.
—No, claramente no lo soy. ¿No me reconocéis? —preguntó decepcionado—. Me llaman Caín el padre de vampiros. Ya os liberé una vez.
—¿Y qué está haciendo un diablo aquí?
—Soy el nuevo Satanás.
—¿Contra quién quieres que luche?
—De momento sólo quiero que se me apoye cuando lo necesite. Estoy rehaciendo Infernalia a mi manera. Jurad que me serviréis eternamente y seréis libres.
En cuanto oyeron esas palabras muchos de ellos no necesitaron pensárselo dos veces. Rápidamente alzaron su voz en plegarias.
—REGIE SATANAS!
AVE SATANAS!
Caín le dedicó una profunda mirada al General esperando su respuesta. No tenía sentido alargar aquello mucho más.
—HAIL SATAN! —pronunció alto y claro.
—Bien—respondió el diablo con una sonrisa de satisfacción—. Esperad un momento.
Se dirigió a una gran roca puntiaguda que sobresalía del suelo y se alzaba retorcida hacia arriba. Se podía sentir una gran cantidad de energía oscura fluyendo a través de ella. Sacó su sable y le dijo unas palabras que sólo el arma pudo comprender. Los símbolos rojos volvieron a resplandecer en la hoja y sin más contemplaciones la hundió en la roca. La energía comenzó a desbordarse violentamente y Caín se tuvo que morder la lengua para no gritar. Un fuerte temblor sacudió el Infierno. Las torturas que azotaban a los prisioneros se detuvieron.
—¿Qué crees que estás haciendo?
Los amenazantes ojos de Abadón se clavaban en él con su característica y aterradora mirada.
—Esta prisión ahora carece de sentido. Yo te daré almas, Abadón, pero me encargaré de que este lugar lo mantengas vigilado eternamente.
Extrajo la espada haciendo un último esfuerzo y la brecha que había originado comenzó a succionar la atmósfera. El cuerpo de Abadón se deshacía en humo y ese humo era absorbido por la grieta. El demonio quedó atrapado en la gran roca y todo pareció volver a la tranquilidad.

***



Caín estaba ahora sumergido en diversos papeles sentado en la silla de su escritorio cuando apareció un enfadado Samael.
—¿Es cierto lo de Astaroth? —preguntó muy serio. Caín ni se molestó en volverse y siguió enfrascado en su tarea.
—Sí, lo es —contestó desinteresadamente.
—¿Y a quién piensas poner en su lugar?
—En eso estoy trabajando ahora. Tengo que rellenar estos papeles y pasárselos a Agares para que prepare los nuevos títulos nobiliarios.
—Caín, tú no conoces a los demonios de Infernalia.
—Yo los liberé a la mayoría. Sé quienes me guardan respeto y quien conspira a mis espaldas. A los más importantes ya los tengo ganados.
—Has liberado a los militares. ¿Sabes lo peligroso que es eso?
—Nosferatus tampoco me convence al mando de Gehena—prosiguió con lo suyo Caín—y Lamia casi me devora, quizás Zadquiel…
—¡Un ángel! ¡Un ángel a cargo de los vampiros!
—Pues como tú —dijo con un indiferente tono de voz.
—Pero yo sólo me encargo de la investigación científica. No es lo mismo.
—Avisé de que no quería que a ninguna de las dos les pasase nada y Nosferatus y Astaroth me desobedecieron. Mi alma le pertenece a Brella por lo que no tengo más remedio que soportarte, pero eso no conlleva a que tenga que soportar a esa tropa.
—Si tu alma le pertenece a Brella entonces Ireth también —La pluma de Caín vaciló—. Por lo que veo he dado en el clavo. Siempre me he preguntado cómo hiciste para resucitarla, pero creo que ya voy comprendiendo.
—Te equivocas, el alma de Ireth es suya y de nadie más. Ya es demasiado tarde para eso, el alma que la di ha perdido toda mi esencia. Ahora déjame solo, tengo que encontrar un buen tesorero. Y descuida, que ya encontraré la manera de hacer que la devuelvas a la normalidad.
—Por el camino que vas va ser que no —replicó fríamente. La pluma que Caín sostenía se volvió líquida y Samael desapareció. Un cuervo se posó sobre el alféizar de la ventana y golpeó el cristal con su negro pico. Unos instantes después Claudia ocupaba el lugar de Samael.
—Le he dicho lo que me dijiste.
—¿Se lo ha creído?
—Parece ser que sí, además le he dejado caer que Amara sería una buena candidata para el trono de Avarot.
—La verdad es que no me sorprende que confíe en ti. Ya me traicionaste una vez.
—¿Eso es todo lo que me vas a decir? ¿Ni siquiera un mísero “bien”?
—¿Qué quieres que te diga? No entiendo por qué sigues insistiendo, ¿cuántas veces quieres que te rechace? Sabes que te odio, si sigues viva es para hacerte sufrir más. Tendría que hacer que tu carne sintiera lo mismo que sentí yo, pero no quiero parecerme a ellos.
—Sabes que por amor se cometen muchas locuras.
—Claro, te inventaste que te había violado por amor, me entregaste a los arcángeles por amor. Eras mi único apoyo en el Cielo y me traicionaste, Claudia. No hay nada más que hablar, regresa a tu jaula.
A Claudia no le quedó más remedio que resignarse y a regañadientes volvió a ser la esclavizada ave negra que le acompañaba siempre. Se metió en su jaula cuyos barrotes eran de ónix, enroscando sus negruzcas patas en torno a ellos, retorciéndolos, y volvió a enfrascarse en el violento juego de todas las noches picoteando con su grueso pico las barras que recortaban su libertad. Caín observaba por el rabillo del ojo el haz de luna bañando su iridiscente plumaje.
<< Ya va siendo la hora >>, pensó. Se dirigió a la celda superior de su castillo, donde seguía reposando el dorado cuerpo de Ireth. Había llenado la estancia de flores blancas, azules y violetas, de forma que aquello parecía más un jardín que una prisión. También había mandado construir una trampilla de cristal en el techo, para que ella pudiese recibir el baño de luz de su adorada luna. Se arrodilló junto a ella como siempre hacía y acarició sus frías mejillas con sus nudillos.
—Esta noche hay luna azul. Sé que siempre salimos a contemplarla juntos y apoyas tu cabeza sobre mi regazo —la ronroneaba mientras se arrimaba a ella de forma que la cabeza de la joven quedase apoyada sobre su pecho—. Entonces yo siempre te abrazo así y te cubro la frente de besos mientras te canto al oído —Apoyó su mejilla sobre la de ella. El frío metal besaba su materia oscura y una pequeña lágrima resbaló entre sus pestañas—. ¿Podrás perdonarme alguna vez? —Entre sus manos se materializó una corona negra con amatistas engarzadas entre su orfebrería y la posó delicadamente sobre los áureos cabellos de la pobre semiángel—. La he quitado la maldición. Quería que fuese para ti, hacerte mi reina. ¿Te imaginas al mundo entero adorándonos?
Siempre que conseguía algo de tiempo se encerraba allí a pesar de las advertencias de los demás. A él no le parecía una pérdida de tiempo. No pretendía desistir en su empeño de salvarla. Ya que de momento no podía encontrar la forma de devolverla a la normalidad, se encargaría de que sus palabras la envolviesen en un cálido manto.
—Esta vez no podré contemplarla contigo, pero cada pensamiento mío, cada rayo de luz, irá dedicado para ti. Buenas noches, reina de mi alma —rezó acariciándola una última vez.

***



Esta noche había quedado con Amara en un lugar diferente, no quería alejarme demasiado de Enoc. Las frías aguas del Mar Negro arremetían con furia contra las afiladas rocas. El olor a sal me ayudaba a mantener mi mente despejada, aunque en realidad aquellas aguas no eran tan saladas como las de otros mares. Esto se debía a las numerosas corrientes fluviales que desembocaban allí. En realidad cuando fundé Enoc aquellas aguas ni si quieran eran un mar, sino un vasto lago de agua dulce. Los grandes diluvios habían causado el derramamiento de más de un umbral de rocas del Mediterráneo. Aún así nunca me había rendido, por más que en el Cielo se empeñasen en hacerme la vida imposible, siempre había logrado superar las adversidades y hacer prosperar mi ciudad. El oscuro color de las aguas se debía a que en el fondo no había oxígeno debido a la gran proliferación de algas y otros microorganismos. Al no haber oxígeno se mantenían en perfectas condiciones las ruinas de las diferentes etapas históricas por las que había pasado la ciudad. Los demonios acuáticos solían jugar entre las paredes que con tanto esfuerzo había logrado tallar. Contemplaba satisfecho las grandes e iluminadas torres que desde la lejanía desafiaban al Cielo con su altura. Al haber luna azul se estarían celebrando numerosos rituales y ceremonias. Todo aquello había sido el fruto de mi esfuerzo y dedicación. Me sentía orgulloso.

Detuve mis cavilaciones. Por fin Amara había llegado. La última vez que nos habíamos visto yo había perdido el conocimiento, envenenado. Estaba convencido de que se alegraría de verme. Me giré hacia ella dedicándola una blanca sonrisa.
—Me alegro que estés vivo –pronunció ella con un tímido gesto. Ni se había arrojado a mis brazos gritando mi nombre ni me acosaba a preguntas como solía ser característico en ella.
—Superbia logró sacarme de allí a tiempo. —Amara recordó la enorme pantera que había vislumbrado antes de que ella también perdiese el conocimiento—. Ven, vamos a acercarnos al agua —la dije tomándola del brazo y guiándola a la orilla. Nos pegamos a las rocas del acantilado aprovechando un pequeño saliente de tierra y dejamos que las olas nos salpicasen con sus espumosas crestas. Pronto la marea subiría alcanzando su máximo y nos cubriría por completo. Quería que ella viese las ruinas marinas iluminadas por las luces de Enoc. Su larga melena se mezclaba con la oscura brisa y yo me esforcé en aparentar que mis cabellos también se unían en aquel remolino.
—¿Lo que se ve al fondo es Enoc? —me preguntó ella.
—Sí. El castillo que destaca sobre las demás siluetas es donde vivo yo. Es impresionante, ¿verdad?
Las torretas del enorme castillo se enzarzaban alrededor de un invisible tronco, desafiantes, erectas, intentando penetrar en las lujuriosas nubes.
—Estoy acostumbrada a la Rosa Dorada.
—Pero éste es mejor. ¿Te has fijado en la luna?
La gran emperatriz de la noche se alzaba frente a nosotros imponente, onírica. Una esfera perfecta de luz que tejía finos hilos plateados sobre el mar. Parecía increíble que algo tan grande lograse mantenerse sobre el cielo, flotando. En cualquier momento podía estrellarse contra nosotros.
—Hoy está llena —fue lo único que apuntó. Se la veía bastante alicaída, pero yo sabía cómo animarla.
—Hoy hay luna azul. Cuando la luna sale llena por segunda vez en un mes se la llama así. Suele suceder cada dos años, aproximadamente.
—Entonces yo ya he vivido muchas lunas azules.
—Pero estoy convencido de que nunca has visto una luna azul de verdad —La muchacha se encogió de hombros. Sonreí—. Pues hoy va a ser posible porque los dos estamos juntos. Si juntamos nuestros poderes podemos lograrlo, ya verás qué fácil es —Junté sus delicadas manos y las acerqué más a sus labios—. Cárgalas con poder sagrado como haces otras veces. Bien, así. Ahora sopla, esparce la energía con tu aliento como si de polvo se tratase.
Ella obedeció y con el dulce aire de su boca esparció las partículas que resplandecieron brillantes sobre el contraste de la noche. Las refulgentes luciérnagas azules que surgieron volaron hacia la luna, fusionándose con ella. Entonces una ondulación en la atmósfera recorrió como una ola la superficie lunar y la blanca luz se volvió azulada. Los azulones rayos nos envolvían coloreando nuestra piel. Era de las cosas más hermosas y fascinantes que había visto nunca y ella también parecía maravillada. No pude evitar pensar en Ireth y en imaginármela a mi lado.
—Pide un deseo. Quizás se cumpla.
—¿Crees en esas cosas, Caín?
—Es tan hermosa, tan imponente que lo difícil es no creer en su magia.
Amara se concentró en pensar su deseo. Reconozco que no pude resistirme, aproveché a leerle la mente.
<< Que no se lo tome demasiado a mal >>
¿Qué no me lo tomase a mal? ¿Qué pretendía hacer ahora esta chica?
—Oye, Amara. ¿Se puede saber qué te pasa?
—Lo siento… —Tenía la cabeza agachada, esquivándome. La marea nos cubría ya por encima de las rodillas y los bajos del largo vestido que llevaba hoy flotaban al compás del oleaje.
La cogí de la barbilla obligándola a mirarme directamente a la cara. —¿Qué es lo que sientes, criatura?
—Caín… ¿No te das cuenta? Todo esto es una locura. No tiene sentido que sigamos.
—Claro que es una locura. Por eso es una buena idea. Los grandes genios estaban locos.
—Lo siento, pero no puedo seguir adelante con esto. Sé que hicimos un trato, por eso te pagaré hoy.
—Un momento. ¿Me estás diciendo que primero te acuestas conmigo y luego me abandonas? ¿Te crees que soy idiota?
—Lo decía por ti, porque era el pago que acordamos…
—Eso era una excusa para no quitarte el alma —la grité, enojado.
Ella abrió los ojos de par en par sorprendida de haber escuchado esas palabras. Un soplo de agua fría cayó sobre nosotros, empapándonos y deteniendo la hecatombe que había estado a punto de producirse. El cabello de ella se había vuelto tornasolado y su vestido se pegaba a su calado cuerpo. Tuve que dejar de mirarla para no pensar en esas cosas. Sin embargo, yo no aparentaba haberme mojado aunque en realidad la sal se filtraba entre mis cicatrices. Comencé a recordar las palabras de Aamon. “Te vas a quedar sólo”. No, no podía estar pasando ya. Me había dicho que la primera en abandonarme sería Ireth y ella seguía conmigo, aunque en ese estado… Escupí el retazo de agua salada que había tragado. Me sentía roto por dentro. Te necesitaba, Amara. No podías hacerme esto.
—Caín, te estoy muy agradecida por todo lo que me has enseñado. Haré que Metatrón te pida perdón.
—¿Perdón? ¿Y yo para qué quiero sus palabras? —Lo que quería era que me cubriese con sus blancas plumas y me susurrase al oído que esos cabrones se iban a acojonar. Vi por el rabillo del ojo como se retiraba el apelmazado pelo de su rostro.
—Bueno, pues haré que se arrodille ante ti si lo prefieres. Pero tú y yo no podemos seguir viéndonos.
—¿A no? ¿Y por qué?
—Porque no quiero meter a nadie más en problemas. Para ti todo es mucho más fácil porque todo te da igual, pero yo tengo seres que quiero proteger y que por mi culpa están metidos en problemas.
—¿Te crees que yo no tengo a nadie? ¡La mujer que amo está convertida en una estatua de oro!
—Lo siento por los dos. Yo ya te dije que si había algo que podía hacer que me lo dijeras.
—Sí, sí que hay algo que puedes hacer: dime que te arrepientes de todo lo que has dicho y que acatarás mis órdenes sin rechistar.
—Caín…
—“Eres lo mejor que me ha pasado” —repetí imitando su voz las palabras que una vez ella me había dicho.
—Y tú me convenciste de que lo mejor era Nathan.
—Nathan. Es él el problema, ¿no?
—Pues sí, le he prometido que no volvería a verte, pero es que tiene razón…
Dejé de escucharla. Mi enfado me lo impedía.
—Le mato. Tenía que haberle matado. Samael tenía razón, soy demasiado compasivo —la piel se me había crispado y mis apretados puños vibraban.
—¡No! Eso sí que no te lo permitiría.
—Los pactos con el diablo no se pueden romper. Hicimos un trato. Sabías lo que había así que no hay vuelta atrás.
—¿Y qué vas a hacer si no vuelvo?
—<< Destruir el mundo >>, pensé, aunque lo que dije fue bastante diferente: —Matar a ese angelucho. Y después te mataré a ti.
—Reconozco que merezco que me mates. Pero entonces matarías también a Nathan y eso no puedo permitirlo.
—¿Y qué vas a hacer para impedirlo? ¿Matarme a mí? Eso dijiste una vez, que me matarías.
—No puedes morir. Tienes la maldición.
—Ya te dije que se estaba debilitando. Además, la que me hizo la herida la otra vez fue Ireth. Ella también es un elohim y casi me mata. ¿Por qué no ibas a poderme matar tú?
—Porque si lo hago otro demonio peor te sustituirá.
—¡Oh, venga ya! Pues lo matas también a él. Si lo estás deseando, admítelo. —Rodeé su estrecha cintura con mi cola, que era la única parte de mi cuerpo que no estaba consumida por las llamas, y empujé su cuerpo contra el mío, aprisionándome sobre las resbaladizas rocas. Podía sentir sus fríos recovecos clavándose en mi espalda a la vez que sentía el calor de ella sobre mi pecho—. ¡Vamos! ¿A qué esperas?
—¿Por qué eres tan idiota?
—Si quieres romper el pacto tienes que matarme. Es la única forma.
—No voy a matarte.
—Claro que sí. Saca tu furia como hiciste con Astaroth.
Aproveché un breve instante en que ella miró mis ojos para introducirme en su mente y hacerla ver las terribles imágenes que su corazón tanto temía. El terror de la noche se llamaba esta habilidad. Pareció surtir efecto porque emitió un grito ahogado y podía sentirla temblando sobre mí. —Eso es lo que va a pasar si no me matas.
El vaho que exhalaba por su sugerente boca empañaba mi rostro y mi alma. Hacía mucho frío y el agua casi nos cubría por completo, sobretodo a ella que era de menos estatura. Exhalábamos jadeantes nuestro aliento entrelazado que al pasar por nuestra garganta nos abrasaba. Ella hizo que se materializase una espada de akasha en su mano y tras dedicarme una mirada de infinito dolor, la hundió limpiamente en mi pecho. Mi sangre brotó, tiñendo de rosado la blanca espuma como si de un fino vino de aguja se tratara y el akasha metálico congeló mi corazón.
—Ireth…
Las oscuras aguas de Leviatán reclamaban mi alma.

***


Amara sostuvo el inerte cuerpo del diablo, que se abalanzó sin fuerzas sobre ella. Todavía no estaba muy segura de lo que había hecho. El terror de la noche seguía ejerciendo efecto sobre ella. Susurró a la brisa marina palabras inteligibles mientras continuaba aferrada a su cuerpo. Sabía que tenía que soltarlo, dejar que se convirtiera en alimento de las criaturas marinas, pero no se atrevía. Miró a su alrededor en busca de su oscura alma, por si había alguna posibilidad de que resucitase en otro cuerpo, mas el romper de las indómitas olas era lo único que pudo percibir. La luna azul había perdido su color. Ahora era una luna más, sin Caín ya no brillaba igual de hermosa. No podía brillar igual porque El Mundo sin él no era lo mismo. Una pequeña luz comenzó a surgir ante ella. Amara oteó el horizonte y advirtió una figura que caminaba sobre la oscuridad de las aguas aproximándose hacia ella. La silueta iba vestida de blanco radiante, a juego con cuatro hermosas y plumíferas alas. Su larga cabellera dorada con mechones plateados se alzaba imponente sobre los vientos marinos que la mecían. Sus descalzos pies caminaban grácilmente sobre las oscuras aguas que se solidificaban bajo ellos. El ángel la sonrió tristemente y clavó sus violáceos iris en la desconcertada criatura.
—¿Vas a dejar que se vaya? —su melodiosa voz la trajo de vuelta a la realidad tranquilizando su agitado corazón.
—¿Qué puedo hacer si no?
—El Mundo sin él sería demasiado aburrido, ¿no crees? ¿Soportarías vivir en mundo así?
La muchacha volvió a fijarse en Caín con deseos de hundir sus dedos entre su negro cabello, pero la ilusión había desaparecido y ahora Caín volvía a ser una flor marchita.
—No, no lo soportaría —admitió con voz trémula— ¿Pero y qué puedo hacer por él, señor…?
—No me he presentado aún, perdóname. Soy el arcángel Samael.
El veneno de Dios. Se trataba de un Caído. Aquel que tanto odiaba Caín. Pero misteriosamente resplandecía con la luz más pura que jamás había visto.
—¿Qué quiere de mí?
—¿Qué puede querer un padre de su hija? —Aquellas palabras no podían ser ciertas. No podía estar hablando en sentido literal—. Que seas la criatura más feliz del Universo. Sálvalo, pequeña.
—Tú no puedes…
El rostro de Samael se afligió.
—No dispongo del tiempo que me gustaría. Tengo tantas cosas que contarte…pero a su debido tiempo.
—¡No vuelvas a abandonarme! —sollozó la chica al tiempo que sus acuosos ojos se deshacían en lágrimas. Examinó más detenidamente a pesar de que sus empañados ojos le distorsionaban la visión. Tenía un rostro andrógino perfectamente tallado en alabastro. Le costaba creer que Caín odiase tanto a aquel ser. Con su etérea mirada la inspiraba una confianza que nunca había poseído.
—Todavía no es el momento, pero no sufras, hija. No permitiré que te ocurra nada malo. Ahora apresúrate, antes de que sea demasiado tarde.
—Yo no puedo…
—Claro que puedes. Una vez utilizaste el rayo violeta de la transmutación. Utiliza ahora el rayo verde de la vida.
—Caín me dijo que eso no lo había producido yo.
—Hay muchas cosas que Caín no sabe. Si no lo intentas nunca sabrás de lo que eres capaz.
Amara desplegó sus alas y se llevó a Caín de allí con algo de dificultad pues las plumas se habían mojado y se hacía más dificultoso volar. Lo llevó hasta otra zona de la costa donde la marea no parecía haber engullido la orilla y le depositó cuidadosamente sobre la arena. Su cuerpo comenzó a emitir una luz verde que recorría todo su ser despertando en ella una vitalidad única. Sus alas resplandecían ahora de una manera que parecían estar esculpidas en jade. Se acercó al diablo y colocándose sobre él depositó un cálido beso sobre su frente a través del cual le traspasó toda esa energía cargada de esperanza. Ocurrió el milagro. Los negros pétalos que componían su piel se desprendieron. Su epidermis se estaba regenerando a una velocidad asombrosa y sedoso cabello dorado y ondulado brotaba de su cuero cabelludo mezclándose con la arena. Sus aceitunados párpados vacilaron y soltó un débil gemido como si estuviese teniendo una pesadilla. Amara le acarició el rostro, ahora suave y terso como el terciopelo, y finalmente sus ojos se entreabrieron. Samael sonrió satisfecho y desapareció, dejando a la pareja tranquila.

El fuego eterno que me consumía se estaba extinguiendo. Un torrente de energía se fusionaba con las llamaradas de oscuridad, ahogándolas. Me sentía vivo, algo susurraba mi nombre tirando de mí hacia la luz nuevamente. Pero yo le temía a la luz. Había pasado demasiado tiempo entre las tinieblas y éstas me habían drenado todas mis fuerzas. Necesitaba aferrarme a algo que me ayudase a emerger pues aún me sentía muy pesado.

Amara apoyó su frente sobre la de él de forma que sus entreabiertos labios dejaban escurrir un débil aliento que dibujaba tentaciones sobre el rostro de ella. La materia oscura de sus labios la atraían con un magnetismo que producía un excitante cosquilleo en su estómago. Tenía que probarlos de nuevo y sumergirse en ellos. Ya todo resultaba demasiado irreal. Los conceptos se fundían en aquella extraña realidad en la que debía de encontrarse. No quería pensar en aquello en esos momentos. No quería pararse a pensar si lo que hacía estaba bien o mal, simplemente ansiaba dejarse llevar. De esa forma todo resultaba mucho más fácil. Lo único que existía en ese momento era el delicioso cuerpo de Caín. Saboreó lentamente sus acaramelados labios disfrutando de cada movimiento que hacía. El diablo seguía semiinconsciente con su lengua el ritmo que ella le marcaba. Mientras el mar besaba sus cuerpos fue reaccionando poco a poco y disfrutando por primera vez de dejarse llevar. El ritmo de sus besos y caricias fue aumentando a medida que ellos iban perdiendo el control. El vestido se la había descolocado, pero a ella no pareció importarle. La chaqueta de cuero de él la molestaba por lo que se la arrebató. Quería hacer que ese perfecto torso se rindiera bajo su yugo. Danzó serpenteante sobre su cuerpo poseída por sus instintos más básicos hasta que sus manos toparon con algo duro. Las palabras de Samael la sacudieron y al darse cuenta que tenía sus manos dentro del pantalón las sacó avergonzada. Él la rogaba con la mirada y los labios semi-curvados que siguiera, pero fue incapaz. Contemplar el verdadero rostro de Caín resultaba como contemplarse a ella misma en el espejo.
—Caín… no puedo. Tú y yo…yo soy al que tanto deseas matar.
—Deja de torturarte a ti misma y a mí. Te deseo, Amara.
—Te he dicho que no puedo. Tu hermano…
—Cuando Abel murió Metatrón lo convirtió en arcángel. ¿Qué tiene que ver ahora él con esto?
—¿Qué arcángel?
—Mikael…
—Ahora encaja todo. Por eso yo estaba en esa cueva de Zevul…
—No sé de qué estás hablando ni me importa.
—¿No lo entiendes? No soy un elohim cualquiera, sino la reencarnación de Mikael.
—¡No! No puede ser. Zadquiel no me dijo eso...
—Lo siento, Caín.
—¡No!
Amara fue a incorporarse, pero Caín la rodeó con sus brazos para impedírselo. Los granitos de arena corretearon por su espalda al incorporarse. Amara retiró un poco de tierra reseca que se había quedado pegada en las mejillas del diablo.
—No me dejes solo, Amara. Te necesito.
—Lo haces sólo por eso, ¿no? Porque te soy útil.
La mirada que Caín le dedicó resultó indescriptible.
—¿Eso es lo que piensas de mí? Estaba dispuesto a morir ante ti. Siempre he deseado la muerte. Estoy cansado de tanta maldición.
—Eso no es cierto. Tienes que salvarla primero a ella.
—¿Para que me abandone como has hecho tú? Ya la salvé una vez, ¿de qué sirvió?
—¿Y todo el tiempo que habéis pasado juntos?
—Yo no puedo hacerla feliz.
—Eres un idiota, Caín.
—Pero quiero ser un idiota feliz.
—Tú lo que eres es un idiota pervertido.
—No eres consciente de la forma en que me estabas acariciando, ¿verdad?
—Formaba parte de un complicado ritual para curarte —añadió sonrojada.
—Espera que me muero otra vez entonces. —Se recostó nuevamente sobre el arenoso suelo mientras gritaba y gesticulaba que se moría.
—Acabo de descubrir algo muy importante y tú te lo tomas a jauja.
—Es que me niego a creer algo así. Eres demasiado diferente a él.
—Quizás eso es lo que quieres creer. Tu subconsciente se empeña en vernos diferentes…
—Mi subconsciente se empeña en vernos desnudos a la luz de la luna, con tus pechos embadurnados de tu sudor y mi pasión, y tus ojos anhelantes brillando de gozo, y tu jadeante voz suplicándome que no me detenga...
—Mi subconsciente le dice al tuyo que se relaje y tome un poco el aire—le cortó—. Como visionario desde luego que no sirves.
—El problema es tu conciencia, que es una reprimida.
—El problema es que eres un inconsciente.
—¿Me vas a explicar de dónde has sacado la idea de que eres mi hermana?
Una imagen valía más que mil palabras por lo que la chica extendió la palma de su mano y logró crear una pequeña y temblorosa llama azul. El semblante de Caín se había tornado serio.
—Te odio. ¿No podías haber estado calladita? ¿Por qué tenías que decírmelo? Era mucho más fácil creer que Mikael estaba desaparecido…
—Prometí que nunca más volvería a verte, así que…
—Y a mí me hiciste una promesa también y la has roto por lo que tus palabras han perdido toda credibilidad.
—No me creas si no quieres. Gracias por todo.
La muchacha empezó a emitir una suave luz. Caín sabía que se estaba desmaterializando por lo que se aferró aún más a ella, aunque realmente sabía que era inútil.
—Dentro de dos días te espero aquí, a la misma hora —volvió a insistir Caín.
La chica desapareció envuelta en un halo de luz y plumas blanquísimas dejándole por una vez confundido a él. En cuanto el poder del ángel desapareció su condenada piel volvió a consumirse bajo el son de las ardientes llamas y su pelo ardió cual incienso bajo el crepitante fuego. La estuvo esperando al cabo de dos días toda la noche, pero ella nunca regresó, ni ésa ni ninguna de las noches posteriores, aunque él en ese momento no pensó que sería capaz de abandonarle.

CONTINUARÁ


KarAne dijo...

Vaya! Me ha ENCANTADO este capítulo.
Realmente, los sucesos, todo es tan wow.
Sigue escribiendo, la historia va de lo mejor x3.
Saludos, y suerte en todo ^^

Espera un momento a que se carguen los comentarios